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Las pisadas de la jirafa en la literatura

El animal más alto del mundo, especie en vía de extinción, ha recibido más de un tributo en la literatura. Hasta Gabo la convirtió en el nombre de una columna.

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Las jirafas fueron hechas a la medida del árbol de acacia para que pudieran disfrutar de sus hojas condimentadas con el polen de las flores blancas y amarillas. Esa curiosidad, única en la naturaleza, solo es posible con el cuerpo espigado y el cuello largo del animal más alto del mundo, cuyo plato predilecto está servido en la copa de los árboles.

Dueña y señora de las alturas, la jirafa ha despertado la sensibilidad de los escritores de todos los tiempos y todas las culturas, pero aquí sólo hablaremos de textos e inspiraciones más cercanas.

El mexicano Juan José Arreola, propietario de profundos saberes y de una prodigiosa imaginación, dictó en una semana una serie de semblanzas animales, en las que incluyó a la jirafa, que fueron recogidas en un libro llamado Bestiario, una obra maestra de la oralidad como la calificó el crítico José Emilio Pacheco.

En sus breves páginas, Arreola nos dejó la fiesta de la elasticidad del enorme cuadrúpedo.

Pero como finalmente tiene que inclinarse de vez en cuando para beber el agua común, se ve obligada a desarrollar su acrobacia al revés. Y se pone entonces al nivel de los burros

Más recientemente Octavio Pineda, otro mexicano obnubilado con la fauna, lanzó su Animal SOS animal, un salvavidas poético para las especies en vía de extinción, en las que incluyó a la jirafa, víctima de aniquilación por su carne, su piel y la creencia de que sus huesos y su cerebro son un remedio eficaz contra el sida.

"Dicen que soy una mezcla de camello y leopardo,

pero con cuello muy largo y cuernos romos..."

En la antigua Grecia y en Roma la jirafa era llamada “camelopardalis”, precisamente porque la veían como híbrido de camello y leopardo, lo que explica la fascinación que provocaba el exótico animal.

"Desde la antigüedad he sido presa fácil de los hombres,

que han preferido verme en zoológicos y coliseos

antes que corriendo libremente por las sabanas africanas..."

Es famosa también la columna que durante dos años escribió nuestro nobel Gabriel García Márquez en El Heraldo de Barranquilla, bautizada con el nombre del enorme mamífero. En esos años, entre 1950 y 1952, Gabo vivía en un hotel de paso de la ciudad costera y pagaba un peso con cincuenta centavos por noche, como lo relató en Vivir para contarla.

El título de la columna -La jirafa- era el sobrenombre confidencial con que sólo yo conocía a mi pareja única en los bailes de Sucre

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Esa mujer a la que Gabo le rendía tributo en esas líneas era Mercedes Barcha, la compañera de su vida. Esbelta y de cuello largo, Mercedes era para él la representación humana de la belleza de la jirafa.

Presente en fábulas y libros infantiles, al lado de asnos y cocodrilos, pelícanos y monos, la jirafa guarda silencio porque la naturaleza le negó el sonido. En contraprestación, la dotó de elegancia, una categoría en la que compite con las cebras.

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