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“Pelaban el cuerpo hasta que quedara el hueso”: habla la exfiscal de hierro de Colombia 

Claudia Carrasquillla, compañera de colegio de Andrés Escobar, combatió a los peores delincuentes. Pero la sacaron de la Fiscalía y ahora está en riesgo.  

“Hace ocho días un compañero en la ciudad de Medellín precisamente me manifestó que un abogado que representa a la oficina de Envigado le dijo: ‘déjela que ella vuelve a Medellín sin esquema y sin nada, vamos a ver qué va a hacer’. Un abogado. ¿Qué estarán pensando los delincuentes con mi salida de la Fiscalía General?”  

Claudia Carrasquillla combatió como pocos a las mafias criminales que han cogobernado este país a la sombra. Durante 26 años encaró sin tregua a sicarios cruzados, jefes de combos, pistoleros en ascenso y capos intocables. Hace dos meses, sin embargo, el nuevo fiscal, Francisco Barbosa, decidió prescindir de sus servicios. Estaba a tres años de pensionarse. 

“Puede que, en este momento, como usted diga, hay una soledad de la justicia y que me hayan dado la espalda, pero me queda la satisfacción que trabajé con honestidad, con rectitud”, afirma. 

Como buena paisa, sin mucha arandela, dice que tiene un vacío en el pecho por su súbito retiro, que le frustra en demasía tanto matoncito a sueldo que se le quedó en el tintero y que le resulta desoladora la suerte de muchos funcionarios que, como ella, se jugaron la vida por administrar justicia en esta ruleta rusa que es Colombia. 

“Sí, es triste y yo ya lo dije pues porque nunca pensé que realmente con el cambio de administración yo fuera a salir de la institución, pero también es la realidad”, recalca.  

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Todos los alias que usted se imagine ella los encarceló. Tan solo en Medellín y el Valle de Aburrá, no menos de 60 jefes de los combos fueron apresados por sus pesquisas, incluido ‘Popeye’. Solo le faltó ‘Otoniel’, el amo y señor del clan del Golfo.  

“De miembros de la organización delincuencial pude haber capturado en los 10 años que trabajé como fiscal unas mil personas. Una anécdota: una compañera fue a recibirle un interrogatorio a cualquier miembro de la organización delincuencial y él le dice usted conoce a Carrasquilla, entonces ella le dice quién es ella. ‘Una fiscal que trabaja aquí en Medellín’ responde. Entonces ella le dice: ‘ah sí, por ahí la he escuchado’. Y le dijo: ‘ella es una demonia, ella tiene el Pedregal llena de bandidos, ella no nos deja trabajar’”, recuerda.  

Todos esos malandros que arrestó como fiscal en Medellín y luego como jefa de la unidad contra el crimen organizado juraron venganza. Hoy esperan agazapados que ella les dé papaya, tal como vaticinó el abogado de la oficina de Envigado. Pero Carrasquilla no se acobarda. 

“No me da miedo, me da rabia, a mí eso me indigna porque es que los buenos somos más, en Colombia el 99,9 de las personas son buenas como yo, queremos el país, trabajamos honestamente, luchamos por sacar adelante nuestras familias, ese 0,1 por ciento pertenecen a esas organizaciones delincuenciales y ellos tienen que entender que así yo no esté en la Fiscalía General de la Nación, hay otros fiscales, hay otros directivos que de igual manera van a seguir adelante investigando todas sus acciones delictivas, y yo se lo dije un día a uno de esos delincuentes: usted me puede mandar a matar y yo me puedo morir porque yo de hierro no soy, yo me muero, pero yo no me voy a llevar los procesos bajo el brazo, detrás de mí vienen otros fiscales, otros investigadores que van a seguir investigándolos a ustedes”, advierte.  

Y a todos esos que quieren verla muerta y enterrada qué les quisiera decir, le preguntamos. 

“Que aquí estoy y que no voy a salir corriendo porque mi convicción como mujer, como colombiana, como ciudadana, es que a la delincuencia hay que derrotarla”, puntualiza.  

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Claudia Carrasquilla sabe bien lo que es vivir con la muerte respirándole en la nuca: alias ‘Otoniel’ y varios capos más del Valle de Aburrá hicieron vaca para asesinarla. Reunieron 500 millones de pesos, compraron las armas, las movieron por todo Medellín y contrataron a un sicario de Pereira para no despertar sospechas. Un delincuente arrepentido y un abogado le contaron lo que ocurría. 

“Me dijo: ‘a usted le van a hacer un atentado antes de que usted salga de vacaciones, usted sale a vacaciones el 16 de diciembre’. Y yo le dije: ‘pero por qué saben que yo salgo a vacaciones el 16’. Y me dijo: ‘porque ellos tienen una persona aquí al interior de la Fiscalía que trabaja con usted y que sabe cómo se mueve usted’ (...) pero con la fortaleza y con el beneficio y con la gracia de Dios para mí que la persona que habían encargado de hacerme el atentado el día 12 o 13 de diciembre se fue a Segovia a realizar un cobro extorsivo a un minero y allá lo mataron’”, sostiene.  

Se salvó, pues, de milagro, porque si Dios existe, estuvo ahí para protegerla. También se salvaron sus hijos, a quienes sus verdugos quisieron asesinar, y muchos de sus fiscales e investigadores, que siguen en la brega por quitarle la careta a tanto criminal que posa de buen samaritano mientras sus gatilleros se pudren en las cárceles. 

“Yo hablaba mucho con los muchachos de esas organizaciones cuando los capturábamos y yo les decía qué le dejó delinquir, qué le dejó de ganancia a usted, mírelo, hoy está aquí tras las rejas y usted ya no le sirve a la organización delincuencial porque ya no le está prestando sus servicios, quién va a sostener a su mamá, a sus hijos, a su esposa, y ellos decían que sí, que yo tenía la razón pero que ellos no encontraban otra oportunidad de vida”, agrega.  

Carrasquilla es la encarnación de la supervivencia. Creció en la Medellín de las bombas y los magnicidios de Pablo Escobar. Tanta sangre vio que se juró combatir esas mafias.

Empezó en la Fiscalía en 1994, el mismo año en el que asesinaron a mansalva a Andrés Escobar, su compañero de colegio, y fue ascendiendo en responsabilidades. Le tocó investigar los crímenes del paramilitarismo, la oficina de Envigado, los Pachelys y el clan del Golfo. A todos los atendió por igual. En junio de 2017 finalmente fue trasladada a Bogotá para asumir la dirección contra el crimen organizado. Hasta hace febrero pasado, fue la dirección de seguridad ciudadana. Le preguntamos qué la impactó más de toda esa violencia que investigó y nos cuenta la historia de un tal ´Guateque’, que desaparecía cadáveres en Medellín. 

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“Cuando desmembraba el cuerpo con hacha, cogían y pelaban el cuerpo hasta que quedara el hueso, el hueso y la carne que habían acabado de pelar como si fuera un animal, lo metían dentro de una llanta, una llanta de camión o de un vehículo y esa llanta permitía que no encontrara ni un rastro siquiera porque me imagino que todo ese caucho se quemaban los huesos, la piel”, explica. 

También le asombró la sangre fría de una asesina que mató a una niña de 14 años por ser novia de un maleante de otro barrio. 

“Pues a mí me impactó mucho cuando nosotros estábamos llevando la investigación que en uno de los audios, en una de las interceptaciones de comunicaciones, la mamá de alias ‘La diabla’ la llama y le dice: ‘pero usted por qué hace eso’. Y ella le dice: ‘mamá porque a mí me gusta matar, me gusta, qué hago’”.  

Hoy la exfiscal de hierro busca reinventarse, mucho más en tiempos de pandemias y cuarentenas. Por ahora, prepara consultorías mientras alterna su rol aplazado como madre. Sus condecoraciones y logros en 26 años son cosa del pasado. 

También su esquema de seguridad, cada vez más reducido. Entretanto sus enemigos continúan al acecho y ella lo sabe, pero no se arredra. 

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