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“Me decían que me iban a matar y a violar”: el testimonio del sobreviviente de la masacre de Chochó

Su hermano fue uno de los tres muchachos asesinados por el coronel Benjamín Núñez en Sucre, según las declaraciones de dos policías. Juan Camilo Ibáñez, en cambio, se salvó, pero denuncia que padeció torturas y amenazas crueles.

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El 25 de julio, en cuestión de dos horas, Juan Camilo Ibáñez perdió a un hermano y a dos amigos, y padeció torturas físicas y psicológicas, según denuncia, perpetradas por una decena de agentes de Policía en Chochó, Sucre. Lo golpearon, le dijeron que lo iban a matar y hasta a violar.

Juan Camilo es el hermano de Carlos Ibáñez, uno de los tres jóvenes asesinados en ese corregimiento, a quienes la Policía señaló injustamente como sicarios del Clan del Golfo y quienes, según la denuncia de dos patrulleros, fueron asesinados a sangre fría por el coronel Benjamín Núñez. Juan Camilo estaba dejando una carrera en Sincelejo cuando lo llamaron y le dijeron que uno de sus hermanos estaba detenido en este cruce que une las vías a Chochó, Corozal, Sampués y Sincelejo.

De inmediato se fue a buscarlo. “Cuando yo llego al cruce, pregunto por él. Yo pregunté por el hermano mío, por el Pipi, y ellos enseguida, los muchachos que estaban ahí, los de Policía, me dijeron: '¿Tú eres hermano de él?'. 'Sí, yo soy hermano de él'. 'Ajá, que tú también eres cómplice de él', me dijo. '¿Cómplice de qué?' Enseguida me jalan por el buzo. 'Echa para acá'. Me quitaron cartera, el bolsito, la cédula me la cogieron ellos también”.

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Cuando llegó al cruce, su hermano ya no estaba. En ese momento, poco antes de las seis de la tarde, Jesús Díaz, José Arévalo y Carlos Ibáñez ya habían sido detenidos por la Policía. Varios agentes los llevaban hacia la clínica María Reina de Sincelejo. Fue en ese trayecto, según los testigos, que el coronel Núñez los asesinó.

Sin saber qué pasaba, Juan Camilo empezó un viacrucis paralelo al de su hermano Carlos. “Después me cogen por el buzo y me estaban ahorcando. A mí me llevaban tres. Me estaban ahorcando. Yo lo único que decía era 'suéltenme que me están ahorcando'”.

Los tres policías que lo detuvieron en el cruce lo entregaron a un grupo de policías de la Sijín, que le preguntan dónde vive y lo llevan hasta su casa. “Me entregan a ellos. Ya cuando me entregan a ellos, el muchacho me coge por el brazo y me dijo: 'Súbete al carro'. Yo me subí al carro. Cuando me estoy subiendo al carro me pegan una trompada por la cabeza”.

La Policía se metió a la fuerza a su casa. “Viene más gente, los policías y muchachos de la Sijín y de los GOES, cuando yo veo que ellos miran para adentro, se meten los GOES a la casa. Y eso lo dejan vuelto un desastre. Todo lo que había allá adentro lo partieron”.

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Buscaban cualquier indicio para incriminar a su hermano Carlos. Después fueron a la casa de la esposa de Juan Camilo y repitieron la rutina. “Pegaron una patada en la puerta y la abrieron a la fuerza. Y se metieron apuntando a la suegra y a todo el mundo ahí. Y como ahí hay un peladito, tiene un año y medio, al peladito también le dieron un golpe en el ojo derecho. Diciendo que en qué parte tenía yo la pistola. Y la suegra decía: '¿Cuál pistola?, si él no tiene pistola'. 'Búsquela, búsquela, ¿dónde está la pistola del bandido ese?'”.

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Tras no encontrar nada, los policías se lo llevaron a la vía que conduce a Corozal. Juan Camilo dice que eran alrededor de 10 agentes en una camioneta, todos vestidos de civil. Ahí comenzaron las amenazas de muerte. “Me dejaron solo dentro del carro y acá afuera hablaban de que me querían matar, que me querían matar. 'Vamos a matar a esa gonorrea'. Yo les decía: 'Pero por qué me quieren matar si no estoy haciendo nada malo. ¿Por qué me quieren matar a mí?'. 'Cállate, gonorrea, cállate', y me pegaban puños acá a los lados, y yo: 'Ey, no me peguen si no estoy haciendo nada malo'”.

Y repitieron la escena una y otra vez. Los agentes se turnaban para entrar a la cabina del carro, golpearlo y amenazarlo: “Me tenían ahí amenazándome que me querían matar. Me decían que 'te vamos a matar'. Bueno, salieron los dos manes y me dejaron solo dentro del carro. Después entraron dos más, diciéndome: 'Habla rápido, pelado, si no pagas tú, paga el hermano tuyo'”.

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Juan Camilo se limitaba a contestarles que él apenas era un mototaxista y que no tenía idea de qué le hablaban. “Yo estaba asustado, yo qué voy a hacer con ese poco de manes sijinosos, armados, y tenían la pistola en la mano, apuntándome y vainas”.

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Sobre las siete de la noche, después de más de una hora de amenazas, los policías se subieron a la camioneta. Esperaron a que la vía se quedara vacía, para que nadie los viera, y tomaron un camino estrecho y desolado que conecta con Sincelejo.

Cuando me estaban bajando, me jalaron por el suéter, por las manos, me echaron al piso enseguida. Cuando me tiraron al piso, me quitan el pantalón y me dejaron en bóxer. Entonces comenzaron a darme golpes por todas partes, por el cuerpo, patadas, trompadas, por aquí por la cabeza, por todas partes. Yo les decía: 'No me peguen, no me peguen, no me hagan nada'. Asustado, llorando: 'No me hagan nada, déjenme ir que no estoy haciendo nada malo'. 'Y cállate, cállate'. Y todo el mundo con la pistola y cargando la pistola me decían que me iban a matar. Me encendían a patadas. Y yo ahí aguantando los golpes

También amenazaron con violarlo: “'Vamos a violar a ese hijueputa pelado. Vamos a violar a esa gonorrea', me decían”. Juan Camilo estaba seguro de que los iban a asesinar. “Después, uno me dice: 'arrodíllate'. Y yo me tiré al piso y me puse arrodillado. Yo dije: 'Hasta aquí llegué yo', en mi mente decía así. Y los manes dándome golpes, en una me dieron una patada aquí en todo el pecho, que yo quedé sin aire”.

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En ese momento, semidesnudo, arrodillado en una carretera solitaria, rodeado por una decena de policías armados, solo podía pensar en Luz María Mercado, su mamá: “Yo dije: 'Hasta aquí llegó lo mío, mis sueños, hasta aquí llegué yo'. Yo pensaba enseguida en mi mamá. Ahora que yo pase todo esto, el dolor va a ser para ella”.

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Uno se los policías intervino de repente: “Un muchacho ahí me dijo: 'Vamos a darte dos segundos para que te vayas. Corre, corre'. Y yo: '¿Para dónde corro?'. 'Corre para allá para Sincelejo'. Yo salí corriendo en cuero así, salí corriendo y dije: 'Yo a lo que corra aquí me los pegan por atrás toditicos, me matan enseguida'”.

Pero no le dispararon y pudo huir. “Yo voy corriendo con el dolor, yo no podía correr de tanto golpe. Iba caminando y corriendo hasta que llegué a una finca y me metí en la finca, donde está el corral, pum caí en el piso, no podía ni pararme".

Estuvo escondido por más de una hora. Finalmente se atrevió a salir y, semidesnudo y descalzo, en plena noche, emprendió un camino de unos siete kilómetros hacia su casa. “Cuando pasa un amigo mío y me dice: 'Ey, ¿qué te pasó?' Y yo: 'Nada, a mí no me pasó nada'. Porque ellos a mí me dijeron que si yo decía algo venían a mi casa, venían a mi casa y me venían a matar si yo hablaba algo de ellos”.

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Llegó a su casa sobre las diez de la noche. “Él estaba todo golpeado. Tenía unos moretones en la espalda, estaba todo por aquí, tenía esto pelado, y vino en bóxer y su camiseta. Sin nada, no traía las pertenencias de él, todo eso se lo quitaron, el celular, la plata”, cuenta Luz María Mercado, la madre de Juan Camilo.

En ese momento, ni Juan Camilo ni su madre sabían de la suerte de Carlos. Casi a la medianoche, el papá de los muchachos y un hermano mayor regresaron de la Clínica María Reina con la noticia. “Él le dijo: 'Mami, te tienes que calmar'. Y ahí fue donde él le dijo que él estaba muerto. Enseguida, ahí comenzó a llorar ella y todo el mundo. En la casa toditicos estábamos llorando”.

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Desde ese día, Juan Camilo vive una desgracia doble. El dolor de la pérdida: “Toditos estamos ahí, destrozados, pensando a ese pelado todavía. Mi mamá todos los días pasa llorando y la vaina, y cuando llega la hora de la cena, todos los días llora porque a esa hora él estaba aquí con nosotros”.

Y el miedo: “Yo duré como siete días sin salir aquí de la casa. Del cuarto no salía ni a la sala ni a la calle. Asustado ahí. Al siguiente día yo dormí acá en mi casa y no pude dormir porque con miedo, yo estaba en el cuarto y yo no cerraba los ojos. Porque decía: 'Esa gente vaya a venir y vayan a meterse en la casa'”.

Juan Camilo dice que Dios lo salvó de la muerte porque su madre no habría podido soportar el dolor de perder a dos hijos: “¿Qué tal si a mí me hubiesen matado, qué tal que mi mamá hubiese sabido que fueron dos? ¿Cómo estuviera esa muchacha ahora en estos momentos? Dos hermanos muertos, imagínese usted”.

Hoy la familia Ibáñez Mercado exige la captura del coronel Núñez, señalado asesino de Carlos. Pero también de los hombres que secuestraron y torturaron a Juan Camilo. Solo con los culpables en prisión recuperarían algo de tranquilidad.

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