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Vicente Fernández y su millón de primaveras

Después de la muerte del último ícono de la ranchera, le seguí las coordenadas en su tierra natal. En su México, lindo y querido.

Entrada Rancho Los Tres Potrillos
Archivo personal

Gratitud infinita hacia su público era lo que sentía Vicente Fernández, un respeto sublime. Por más cansado que estuviera, siempre había espacio y tiempo para una foto, una sonrisa, una palabra amable, para conceder una entrevista, para pronunciar su popular frase "Mientras no dejen de aplaudir, su Chente no deja de cantar". Y por esa razón cantaba y cantaba por casi 4 horas y hasta más. En sus conciertos, entre sus amigos o seguidores que llegaban a conocer su rancho Los Tres Potrillos, en los que se entregaba a su público en cuerpo y alma.

Quienes tuvimos la fortuna de estar en alguna de sus presentaciones y conocerlo en persona pudimos ser testigos que trascendía en un show, en el que ese vozarrón erizaba la piel. El cantar era una pasión para el artista de 81 años, pero también era el filtro de su alma. Allí se desahogaba, decía gracias, lloraba. El Chente sentía cada canción que lo trasladaba a algún momento de su vida. Un sentimiento que el público también sentía.

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La fama, su avión, sus impecables trajes de charro, su rancho Los Tres Potrillos, lo que tenía era lo que había querido, lo que deseaba desde niño, lo que soñaba y lo que visualizaba cuando veía a Jorge Negrete, actuar en las películas, al charro cantor como se le conocía a quien admiraba desde su infancia. Se visualizaba como él y como Pedro Infante y lo puso en práctica desde muy temprano porque desde los 8 años empezó tocando guitarra y cantado música folclórica.

¿Sí se llama? Habitante de calle sorprendió al cantar muy parecido a Vicente Fernández

Deseaba convertirse en estrella de la música ranchera, lo deseaba para darle gusto a su mamá, Paula Gómez, uno de sus más grandes amores. Desafortunadamente no lo vio famoso, Paula murió en el año 1963, el mismo año en el que se casó con María del Refugio Abarca, mamá de Vicente Jr., Gerardo, Alejandro y Alejandra.

La mamá de Vicente Fernández murió a causa de un cáncer de mama, a los 46 años. Momentos difíciles pasó Chente cuando la dejaba en tratamiento de quimioterapia mientras iba a dar serenatas, esperando que le dieran una buena propina para ayudar a pagar el tratamiento en el hospital. Para ella, Chente siempre deseó consentirla, soñó con una gran casa, así como la que adquirió en 1980: el rancho de Los tres potrillos.

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También anhelaba una pesebrera llena de finos caballos. Es que era lo que quería darle a su padre, Ramón Fernández, un ranchero en todo el sentido de la palabra. De él heredó su amor a los equinos. Ramón murió a los 57 años, cuando apenas el 'Charro de Huentitán' estaba arrancando, dándose a conocer como estrella en la música regional mexicana.

Vicente Fernández
Noticias Caracol
AFP

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Ahora que estuve recorriendo los pasos de Vicente Fernández en su tierra natal para el cubrimiento de la triste y dolorosa despedida del último ícono mexicano, quisimos en Noticias Caracol rendirle un homenaje, a sus logros en 50 años de trayectoria artística, en el que pasó momentos difíciles, pero también de grandes reconocimientos entre ellos: 8 premios Grammy, 14 premios Lo Nuestro, una estrella en el paseo de la fama en Hollywood, en donde actuó en más de 34 películas y grabó casi 100 álbumes.

Al llegar a Ciudad de México inicié la búsqueda de su pasado, de reconstruir su historia, de conocer a sus amigos, conocidos, sus vecinos de barrio. Como si la vida no hubiera pasado, como si el tiempo se hubiera detenido.

Al llegar al barrio donde creció en Huentitán El Alto, en Guadalajara, fui de calle en calle preguntando por la casa donde había nacido el intérprete de 'El rey'. Y sí fue mi día de suerte; muy generosos fueron apareciendo los amigos de toda la vida de Chente, ellos me iban contaron con orgullo cómo fue crecer cerca al 'Charro de Huentitán'.

Se imaginan lo que sentí al estar frente a una gigantesca casa amarilla en la que creció Vicente Fernández, el 17 de febrero de 1940. Les confieso se me aguó el ojo. Allí me encontré con un señor que llegó a donde yo estaba y se presentó. Me dijo: “Buenas, soy 'El Tato Yáñez' para servirle, güerita” y comenzó a contarme la vida de su amigo de infancia, el gran Vicente Fernández.

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Se refirió a doña Paula, la mamá de Vicente, con gran cariño. Dijo que cantaba muy lindo, también que a Chente lo dejaban las novias por no tener un peso.

Tato fue mi guía, me hizo un recorrido por el lugar, mostrándome cada rincón como si estuviera viviéndolo al lado de su amigo de barrio. Me llevó donde bañaba los caballos de su padre, donde los alimentaba y me mostró cómo en una pared aún estaba una foto de Vicente junto a su padre y su abuelo.

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Este amable señor, como si fuéramos amigos de años, me fue presentando a los pocos vecinos de la época que crecieron allí. Hablaban de don Vicente como un héroe, como una insignia de su país y el mundo, contaban las historias como si Vicente aún estuviera allí y es que pensándolo bien, sí. Estaba presente en cada recuerdo, en la memoria y huella que había dejado en ellos.

Una de las casas más lindas del lugar en mi recorrido fue la casa de la señora María Velazco, quien me vio en la puerta de su casa y siguió derecho. Me sentí ignorada, pero luego regresó, me abrió las puertas de su casa, un lugar grandísimo lleno de fotos de Vicente Fernández, de muebles viejos, de árboles. Fue allí donde se rodó la película 'El Arracadas', en 1978.

María era muy cercana a Chente, un amigo íntimo de su infancia. Lo elogiaba y no paraba de admirarlo; decía que “aunque Vicente Fernández no venía de familia de cuna, montaba caballo con clase, con dominio sobre el animal, resaltaba su estilo, elegancia, hermosa sonrisa y carisma”.

Y ahí al lado mío, estaba El Tato, mi nuevo mejor amigo, él muy elegante vestido de charro porque olvidé mencionar que cuando se enteró de que lo iba a entrevistar para Noticias Caracol se ausentó durante 10 minutos. Pensé que no quería micrófonos, ni cámaras como me sucedió con personas cercanas al intérprete de música regional mexicana. Pero con Tato Yáñez sucedió lo contrario. Llegó vestido con traje de charro.

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Le caí en gracia porque fueron varios medios internacionales los que llegaron hasta allí, a mis colegas periodistas no les dio sino el saludo. En mi larga caminata me volví una más del barrio, me hablaban como si fuera de ese parche, de ese lugar.

Al despedirme me aconsejaron que me diera una pasadita por la Plaza del Mariachi en Guadalajara, a unos 30 minutos de donde estaba. En ese lugar su gran amigo Chente iba tras los carros para que lo contrataran, para cantar por cualquier propina y así fue. Hasta allí llegué y me encontré con una escultura de Chente vestido de charro montando a caballo, un monumento que estaba repleto de flores blancas.

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Decenas de músicos de mariachis estaban allí, como Chente en esa época, esperando la oportunidad de que los contrate algún turista con la canción para dedicar. A mí me cantaron y vaya sorpresa. Pensé que era de cariño, pero el cariño me costó 200 pesos mexicanos: “¡Güerita, gratis ni la sonrisa!”.

Siempre he admirado a Vicente Fernández, pero en estos casi 5 meses después del accidente que tuvo en el rancho y por el que perdió la vida me volví aún más cercana a estudiar su historia de vida, a descifrar sus emociones.

Como él quería, así fue el último adiós a Vicente Fernández

Me encontré con varias anécdotas, especialmente aquellas en las que hacía de los momentos más difíciles, los más divertidos. Entre estas cuando lo operaron en 2012 de cáncer de hígado.

En el hospital, cuando iba camino al quirófano, su dulce esposa doña Cuquita no paraba de llorar como una Magdalena y Vicente le dijo: "Ya vengo, por favor ni una lágrima más. Me van solo a operar y ya regreso" y acto seguido el cantante mexicano tomó al médico casi del cuello y exclamó: "Usted ya sabe. Me trae de vuelta, cabrón"; y como Chente estaba ya con algo de anestesia en su cuerpo empezó a cantar como si estuviera en un palenque: "Yo tengo unos ojos negros, quién me los quiere comprar, los vendo por hechiceros" y, claro, todo el personal se enteró que ahí en la camilla iba el gran Vicente Fernández, que lo tenían con un bajo perfil y un nombre falso para no levantar sospechas, pero como siempre jamás pasaba desapercibido.

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Otra de la anécdota que le escuché y que leí de Chente en mi tarea de conocer más sobre su historia era que se bajaba del escenario y preguntaba de todo: ¿cómo canté? ¿cómo me vi? Siempre muy exigente con él mismo, por respeto a su público cuidaba su imagen, pero sobre todo su herramienta de trabajo: su voz. Dormía bien, pasaba mucho tiempo en su cuarto antes de cada show. Muchas veces mientras estaba en el hotel pasaba el tiempo pintando caballos.

Su más cercano asesor, que inició a trabajar en el rancho desde niño, atendió mi llamada y le pregunté sobre el ruido de fiesta que se escuchaba al fondo y me dijo que los 50 empleados de Los Tres Potrillos lo estaban despidiendo con tequila y canciones, ya que doña Cuquita los dejó hacer su duelo al lado de la tumba de Chente, que está a menos de 50 metros de su casa.

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El padre, el abuelo, el esposo de doña Cuquita, el ídolo de la música regional mexicana, Vicente hasta la eternidad. 'El rey' continuará en el trono con su música que se escuchará en 'un millón de primaveras' y, 'Acá entre nos', le seguirá cantando sin 'Estos celos' a las 'Mujeres divinas', así su 'hermoso cariño' siempre haya sido doña Cuquita. Así como me lo dijo en 2009 en una entrevista, al consultarle por el secreto para estar tanto tiempo juntos: "Yo soy de puertas para adentro del rancho de doña Cuquita y puertas para afuera del público"

Hasta siempre, Vicente. Seguirás por siempre reinando y, como escribió Alejandro Fernández en redes sociales, "Seguro en el cielo estás armando una fiesta cantando en un palenque".

Desde aquí aplaudimos en tu memoria cantando tus canciones, honrando tu memoria. Cuando estemos entusados serás y seguirás siendo nuestro psicólogo de cabecera. Todas tus canciones, Chente, nos ayudan a hacer catarsis cantando tus clásicos a grito herido.

Gracias por este gran legado. Vicente se retiró de los escenarios, pero no de la música. Desde que dijo adiós en 2016 no dejó de grabar; habrá Chente para rato. ¨Personalmente te admiro aún más. Con un nudo en la garganta, Vicente paz en tu tumba. Gracias, gracias, gracias.

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