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Al interior de La Pista, el asentamiento humano más grande de Latinoamérica

Migrantes venezolanos y retornados colombianos sobreviven en condiciones críticas de miseria en el viejo aeropuerto de Maicao. Construyeron una ciudadela en la que, a pesar de todo, quieren quedarse.

Al interior de La Pista, el asentamiento humano más grande de Latinoamérica

Maicao pasó de la riqueza a la miseria extrema, son otros tiempos. El municipio peninsular de La Guajira se conoció como la autopista para el comercio y el contrabando. Aquí se ancló la comunidad árabe más grande en Colombia. Majestuosa permanece la joya de su corona sagrada, edificada en la década de los 90, la mezquita de Omar Ibn Al-Jattab, una de las más grandes de Latinoamérica, ella es testigo mudo en el tiempo.

Con la pujanza económica, Maicao se llenó de forasteros caleños, paisas, costeños, que aterrizaban buscando desplazar la dinastía libanesa. Instalado el chavismo en el vecindario, llego la época de las vacas flacas y un infierno de miseria se trasladó a esta parte de La Guajira. Por oleadas entraron de Paraguachón a Maicao miles de venezolanos y retornados colombianos.

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Caminando la que fue la pista del aeropuerto San José de Maicao, aquí han venido aterrizando de emergencia miles y miles de venezolanos, también colombianos retornados y de la etnia wayú, hasta convertir esta pista en el mayor asentamiento humano de Latinoamérica.

El aeropuerto de Maicao era pujante, recibía unos 11 vuelos semanales entre ellos 2 internacionales, pero la politiquería y la corrupción terminaron cerrándolo. Los barrios vecinos testificaron el derribamiento de su torre de control y hangares en 2013.

Los errantes invadieron las calles de Maicao y poco a poco se tomaron la pista. A vuelo de pájaro se calcula que son 10 mil personas las que aterrizaron de emergencia, unas 2.200 familias viven a lo largo de los 1.200 metros que mide la pista de aterrizaje.

Al recorrerla se ve una hilera de cambuches a lado y lado fabricados en plástico, maderas atravesadas, llantas y desechos permanecen bajo un cielo cubierto por una maraña de cables de luz, por donde se filtra el sol abrasador que termina estrellándose en la arena ardiente del paisaje guajiro

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A la media mañana el asentamiento llega a los 40 grados y va subiendo. Los ranchos de plástico parecieran derretirse. Son aproximadamente 12 manzanas en que ellos mismos se han organizado; sin embargo, las condiciones son de total miseria.

El hedor que emana de las charcas mezcladas con la basura contrasta con los cientos de caritas curiosas de los más de cuatro mil niños que viven en La Pista.

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Entre la basura, entre los charcos encontramos una familia numerosa sobreviviendo entre montones de basura. Estaban como embutidos en una caja de fósforos, así los vimos aparecer, sudorosos, sedientos y conteniendo el hambre.

Nos cuentan que llegaron hace dos años. Las jóvenes están embarazadas. Dicen que compraron el terreno por 60 bolívares y que llegaron a Colombia buscando mejorar su situación, pero que están arrepentidos y solo buscan salir del asentamiento cuanto tengan recursos económicos.

Al interior de los ranchos se siente el vaho pesado del hacinamiento humano. Les preguntamos, ¿qué significa para ellos vivir en La Pista? La respuesta es contundente: “No quisiéramos seguir viviendo así con mi familia. Quisiera otra cosa mejor para ellos".

Aquí abunda la miseria, los niños, los embarazos, los perros y los burros. Sin embargo, en medio de la basura han podido organizarse y se repartieron por manzanas, cada comunidad tiene su líder. Cada rancho tiene nomenclatura propia.

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El movimiento diario empieza con los tinteros y sus carritos olorosos a café fresco, las bolsas de pan van colgando al lado de las chucherías para los niños. Así sale Dérmides Toloza el tintero y líder reconocido de la manzana 12, sitio de la antigua la torre de control.

Sus primeros clientes son los que lograron guardar del día anterior los dos mil pesos para comprar café y pan que comparten con sus hijos, esta puede ser su única comida del día.

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Los burritos que tiran las carretas con las canecas del agua son los primeros en salir sobre la pista. Van buscando la que fue la cabecera del aeropuerto donde el camión cisterna los espera para surtirlos.

Aquí no existe el agua potable. La gente agradece y bendice a los burreros que la venden. Incansables estos animalitos van y vienen todo el día sobre la plancha de arena.

A galope, salen a la pista central los estudiantes para tomar los camiones de trasporte que los carga como racimos para llevarlos a la escuela cercana.

Al interior de los ranchos quedan muchos niños que no pudieron ir a estudiar. Como le pasó a los de Yuri Sierra, una venezolana que llegó a la manzana 12, donde levantaron sus ranchos los que viven mejor en casas de desechos de madera y teja. Duermen en colchonetas tiradas en el piso.

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La temperatura llega a los 45 grados y la casa de Yuri es un horno a punto de estallar, una nube de zancudos ataca sin piedad al que se quede quieto. Las mujeres están angustiadas porque en una sola semana siente menores han caído por dengue hemorrágico.

Las cuerdas de luz que caen sobre nuestras cabezas son peligrosas y son “pirateadas”, no las pagan, las roban a los vecinos del asentamiento.

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Las ollas están vacías y se terminó el gas para cocinar, tienen una llanta vieja de carro en el pequeño solar con piedras de carbón, allí hacen braza cuando cocinan.

Los dos últimos hijos de Yuri son mellizos nacidos aquí, son colombianos. Llegaron de Maracaibo, Venezuela hace cuatro años, intentaron vivir en alquiler, pero no pudieron sostenerse. Asegura que tanto los días como las noches son difíciles:

“La verdad nosotros aquí pasamos muchas necesidades. A veces quisiera regresarme para Venezuela, pero allá también no se puede vivir, no hay trabajo y la comida también es más cara. Queremos que legalicen los terrenos porque dicen que aquí esto lo van a desocupar", dice.

Que los saquen a la fuerza es la gran pesadilla de todos.

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“Que nos dejen vivir aquí, porque no tenemos adónde ir", señala.

Un día a la vez es la fórmula que todos aplican para sobrevivir en la desventura. Ellos son los no futuro de nuestro tiempo. Le preguntamos cómo se imaginaba que terminará el año y cómo se imaginaba que sería la vida para sus cuatro hijos:

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“Nosotros los ayudamos para que salgan adelante. Me duele decirles que no hay comida", expresa en medio de lágrimas.

Por otro camino, encontramos la sede de organizaciones internacionales, ONG y hasta iglesias.

Era evidente, aquí están todos los chalecos de ayuda humanitaria, y las infaltables iglesias de diferentes credos. Entonces, ¿por qué no se ven resultados estructurados de salvación para que esta gente tenga una vida digna, la que se merecen y reclaman?

Viven entre la basura, con residuos construyen sus ranchos, y sobreviven siendo recicladores. Aquí no importa ser niño, joven, o abuelo. Todos escarban las bolsas de basura de día o de noche sin importar el peligro que corran. Un abuelo hace sus cuentas en la noche mientras escarba una bolsa de desperdicios:

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"A veces nos va bien, a veces nos va mal. Cuando nos va bien hacemos $40 a 50 mil pesos".

¿En un solo día y eso para qué le sirve a usted?

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"Para la comida, le compro la medicina a mis hijos. Yo tengo un hijo discapacitado", contesta uno de ellos.

La vida penitente la soportan 10 mil almas sobre este purgatorio llamado La Pista, están reclamando ser salvados y tener una segunda oportunidad sobre esta tierra peninsular que aún no les pertenece.

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