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Cuando no hay comida, "un vasito de agua y a dormir”: el drama de vivir en La Pista

Aterrizar en el asentamiento de migrantes más grande de Colombia es estrellarse de frente con la pobreza extrema. Vea los desgarradores testimonios de quienes intentan no desfallecer.

"La Pista" de emergencia para no morir de hambre

En el asentamiento interno de La Torre encontramos a Yulimar Oviedo, nos relató cómo su familia “aterrizó” de emergencia en este lugar hace varios años: “Escuchamos que iba a haber una invasión, y nos vinimos para acá y llevamos como cuatro años acá".

Yulimar logró refrescar y asear a su pequeña con el agua que les compró a los burreros. Cuenta que la familia llegó con la primera invasión que se vio entrar a La Pista: "Esto estaba feo, había mucho monte y había uno que otro ranchito, nos mudamos así hasta que la gente empezó a ubicarse. Le pusimos unos palitos ahí y después hicimos el rancho".

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Demarcaron el pedazo de tierra, cuenta que la lucha por sobrevivir fue feroz y terminó desintegrando la familia. Ella se quedó junto con su papá, que le ayuda a cuidar a la pequeña. La vida del abuelo actualmente está entre ir y venir de Venezuela, donde tiene otros hijos. Es una vida pendular que asumen muchos migrantes, dicen tener su corazón en Colombia y su alma en Venezuela: "Mi papá vive allá atrás con mi mamá. La huerta la puso mi mamá y hasta puso sábila.”

¿Y usted se va a quedar acá?
“Sí, sí, tengo dos hijos, no puedo estar rodando”.

El suyo fue un aterrizaje forzoso y definitivo, sus hijos crecerán como otros cuatro mil niños que se estima tiene La Pista.

Aunque no existe un censo oficial, los 12 líderes que tiene el asentamiento coinciden en afirmar que el 60% son migrantes. Los indígenas wayú son el 40%, para quienes no existen fronteras entre las dos naciones.

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Aquí los niños salen de los ranchos a saludar con un choque de manos al forastero que les simpatiza.

En la manzana ocho está la mayoría de retornados wayú. Hablamos con Noris Paz, quien tiene una familia muy numerosa: en total son 11.

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“No hemos comido. No le voy a decir mentiras”, dice.

Mantienen el fogón encendido a la espera de llenar la olla para saciar el hambre de los once miembros de la familia wayú.

Noris tiene una gran preocupación, los techos de plástico están agujereados: “Cuando llueve todo se moja, todo son plásticos. Y no tenemos un baño y entre nosotros lo hicimos, un baño se hizo en un hueco, prácticamente, y hacemos todos ahí. En el baño todos tenemos que hacer una colita para ir allá”.

Sobre el terreno de La Pista están los que lograron levantar casas recicladas de madera y techo. A unos metros están los que tiene casas de lámina de metal. Al lado están los más miserables, los que sobreviven en cambuches. Y entre esos miles encontramos a Carmen Lucía, una migrante que llegó con la pandemia y que, después de construir su familia en el estado Zulia, se quedó sola naufragando en La Pista”.

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Recuerda Lucía que una señora le colaboró para que se ganara unos pesos vendiendo agua, así fue como llegó a comprar el trozo de tierra que hoy ocupa en su cambuche: "Nos encontramos un señor que era el que tenía un ranchito y me dice ‘yo estoy vendiendo este terreno, te vendo esta partecita para que compres un terreno ahí’, y sin tener dónde vivir yo acepté”.

La parcelita le costó $150.000 menos que a su vecina, le tocó pagarle al señor $200.000.

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A sus 60 años, Lucía sobrevive cuidando algunas veces niños de sus vecinas, así logra ganar $15.000, que le sirven para comprar el agua y para comprar la acostumbrada “harina pan” venezolana.

“Me dura varios días, a veces una arepa en la mañana, una al medio día y cuando no hay, un vasito de agua y a dormir”, asegura.

Nos pide entrar para conocer su cambuche de plástico. “Acá me llueve y tengo electricidad”, señala los cables unidos con cinta, dice no sentir miedo con los cables que cuelgan.

“Más miedo da que esto esté oscuro. Acá pasan muchas cosas, por lo menos anoche no podía dormir, escuchaba unos disparos acá cerquita y eso ¡Pum! ¡Pum!, y yo decía '¡Dios mío! que no venga una bala que pase por el plástico', ¡horrible!”, afirma.

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La soledad y la vejez la tienen triste, pero se alimenta de coraje cada nuevo día: “Yo estoy mal, pero hay personas más mal que yo.

- ¿Aquí hay personas más mal que usted?

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“Claro, personas que tienen que ir a los basureros, ¿qué pueden conseguir en un basurero de esos?, infecciones, enfermedades. Me pone triste la soledad, la lejanía”.

Las lágrimas recorren su rostro. Es verdad, La Pista es un purgatorio peninsular, cada rancho esconde un drama familiar. ¿Cómo no morir de hambre?, es la lucha que estaba dando Daisy una madre wayú.

El humo sale del fogón de su rancho donde están reunidos sus cuatro pequeños haciendo las tareas, a la espera del almuerzo. Al fondo, sobre una alberca, estaba Daisy, arreglando tres peces flacos para echarle a la sartén.

"Aquí voy a preparar tres pescaditos.”

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¿Cuántos niños tiene usted?

“Son siete”

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¿Y tres pescaditos para cuántas personas?

“Siete niños, mi persona y mi esposo.”

¿Tres pescados para 9 personas?

“Si señora, es correcto.”

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¿Usted qué desayuno?

“Nada. Así lo hago rendir para los niños, por pedacito así - va partiendo en dos cada pescado -, yo les hablo de que la situación está muy mal, él está buscando trabajo, pero no consigue”.

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A pleno rayo de sol, a 44 grados continúa cocinando en el improvisado fogón de leña y va peleando con su desgracia: “No tengo cocina, no tengo bombona de gas. Así tengo que darles alimentación y como mamá lo estoy haciendo”.

En el asentamiento todo tiene un precio, estas son las cuentas de Daisy:

"Estos palos no son gratis, como decimos, eso se compra, un palito cuesta 300 pesos y nosotros tenemos que comprar dos palos, es 600 pesos. Todo está caro, el pescado son tres pescados, es una librita, son $3.500 y no tengo más, ¿de dónde voy a sacar? Un kilo de arroz te está costando $4.800 y me toca comprar la mitad y me toca comprar un poquito, porcioncita, para los niños. Ahora no tengo agua, está vacío el tanque. Aquí mandé esta mañana echar tres laticas, me costaron mil pesos y esto no va a alcanzar para todo el día, esto se termina y con el favor de Dios vendo y compro tres latas más”.

Terminado el pescado se acerca a la pequeña mesa donde le espera su familia: “Hoy va a tomar un vaso de agua y van a comer pescadito porque no hay arroz”.

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Tres pescaditos partidos en trocitos servidos para compartir y que rápidamente las pequeñas manitas llevan a sus bocas ávidas del alimento fugaz. Al lado, está el padre alzando al más pequeño, se mantiene en silencio mientras Daisy se atora con sus lágrimas: “Le digo esto, esto para mí es muy duro, muy difícil, porque no tengo un trabajo estable, no tengo”. Daisy se quiebra en llanto.

En otro punto está el vecindario de Dérmides Toloza, el líder vendedor de tintos. Su manzana se llama La Torre y está construida sobre los cimientos del antiguo aeropuerto que aún conserva los corredores peatonales. Él y su esposa Yuleima han luchado codo a codo para construir su pequeño y amoroso hogar. Él nos recibe en el portal de su vivienda para hablarnos de su mayor preocupación:

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“A nosotros no nos está matando el hambre, a nosotros nos está matando el estrés que estamos cargando, porque nos acostamos y despertamos pensando que si nos van a sacar no tenemos para donde agarrar y nos levantamos pensando en lo mismo".

La problemática de los migrantes en La Pista terminó afectando a los vecinos que, a pesar de ser solidarios, han terminado pagando el robo de energía, soportando la inseguridad, el pandillaje, las noches de vicio y prostitución en la zona.

Juan Carlos Parody es un líder social carismático vecino al asentamiento con el que recorrimos la ciudadela de miseria: "Aquí hay 23 organizaciones internacionales ayudando a los venezolanos, supuestamente se han gastado un promedio entre 50 y 60 millones de dólares, eso es mucha plata. Aquí lo que ha hecho falta es una cabeza visible, entonces usted ve una caravana de carros de gente ganándose 7 u 8.000 dólares y venir a repartir un mercadito que solo ayuda a aumentar la problemática, el problema que ellos tienen es de arreglarles su situación".

Los puntos sobre las íes los pone Juan Carlos, al que sus vecinos de La Pista escuchan y estiman: "En esta casa de miseria que usted ve puede encontrar a un profesional, profesores, por ejemplo, de bilingüismo, que sabe perfectamente el inglés, ¿por qué no facilitamos las leyes para que ellos puedan trabajar y atender dignamente a sus propios hijos?".

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Es un drama humanitario que va en aumento, una bomba de tiempo social, los migrantes quieren saber si los dejarán vivir en La Pista o los van a desalojar, le preguntamos a líder Toloza de quién es el terreno que ocupan.

"Esto pasó a manos de la Aeronáutica Civil con un contrato, el cual ya se venció hace unos siete años. Ya pasó a manos de la Administración, o sea, de la Alcaldía. Tienen un proyecto, pero no lo han realizado, un proyecto de vivienda, de una pista de patinaje, estaban plasmados para ejecutarlos, pero hace muchos años”, responde.

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La postura del líder vecino Parody es diferente: "Este es un aeropuerto de seguridad nacional, todavía tiene sus protecciones, porque así está establecido. O sea, ellos no se pueden quedar acá, tienen que salir, desafortunadamente la ley así lo establece. Lo que establece el ordenamiento jurídico es que los inmuebles y bienes del Estado no se pueden invadir, la propuesta de nosotros es que los reubiquen a ellos, que les den una casa digna con recursos del orden internacional, porque la plata viene, pero si no se planifica no hay nada. Tarde o temprano deben desalojar estas personas para reubicarlas en otro sitio para que vivan dignamente”.

Este es un punto de quiebre difícil de afrontar y que podría generar un mal mayor, pues los habitantes de La Pista no están dispuestos a renunciar a su tierra usurpada. Los dice Toloza, el líder de la Torre, el primer asentamiento humano que se vio en La Pista.

“No, pues a pelear como gato boca arriba, y pelear porque ¿para dónde tiro, para dónde voy?. La Pista es parte de mi vida, porque si en todos estos años no había conseguido estabilizarme y ahora consigo esa estabilidad dentro de este asentamiento, dentro de esta pista, o dentro de esta comunidad, esta es mi vida, para dónde voy, si la lucha y la vida mía es aquí en Colombia”, comenta.

Desde el antiguo aeropuerto de Maicao se escucha el eco de miles de pasajeros nuevos que quieren salvarse, son los jóvenes y niños que llegaron como migrantes con sus familias.

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Ni son de aquí ni son de allá, son los pasajeros que protagonizaron un aterrizaje de emergencia en esta pista de arena, y tal vez sea el último vuelo al que sobrevivan.

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