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Guaviare busca cambiar su historia de violencia y narcotráfico

La región quiere sacudirse de su pasado violento y apostarle al turismo comunitario. Un departamento lleno de paraísos desconocidos, cascadas apoteósicas y atardeceres de Instagram.

Guaviare

Casi medio siglo después, Guaviare todavía carga el INRI de la coca a sus espaldas. Todo empezó con Carlos Lehder y compañía. Eran los años ochenta, tiempos de narcoexcesos, avionetas y dinero en demasía. Después llegaron las guerrillas y los paramilitares, con capos de bando y bando, a imponer el miedo. El conflicto lo degradó todo, las matas de coca se multiplicaron y con la bonanza arreció el plomo. Hace dos décadas Guaviare llegó a tener 27 mil hectáreas de cultivos ilícitos.

Hoy el escenario es bastante distinto a esas épocas aciagas. El equipo periodístico de Noticias Caracol recorrió el municipio de Calamar, antes testigo y protagonista de esa horrible noche de violencia de otros tiempos. Y aunque la realidad de hoy no tiene punto de comparación, el fantasma del conflicto sigue rondando a este pueblo de casi 10.000 habitantes. Los fusiles de ‘Gentil Duarte’ imponen su control a unos 30 kilómetros de aquí. Como a seis días de camino culebrero selva adentro.

En algún momento hubo ese estigma en la que sí consideraban que toda la población de Calamar tenía que ver con la guerrilla. Eso generó otros problemas, como que si usted iba a San José del Guaviare y era de Calamar tenía riesgo de que otro actor armado, que era de allá, lo cogiera a usted y lo desapareciera, porque todos los de este municipio eran supuestamente de un grupo y los de San José eran del otro. Y eso fue causado también por la fuerza pública en su momento, porque la fuerza pública decía entonces que Calamar no era Calamar sino ‘Calafarc’.
Juan Carlos Caballero, líder social

Desde este puerto por donde se mueve la almendra de la economía del vecino departamento de Vaupés, el líder social Juan Carlos Caballero rememora esos tiempos espantosos que Calamar quiere sepultar. Aunque todos sepan en voz baja que toda mercancía que transita río abajo hasta llegar al Vaupés tiene que pagar vacuna.

Sobre este tema también se pronunció Rohymand Giovany Garcés Reina, alcalde de Calamar: “Aquí históricamente han estado las FARC, han ocupado el territorio, han hecho presencia histórica. Ya hoy en día no se ven tan cerca, no están aquí. Creo que las acciones que se han encaminado en el mismo proceso han determinado que estas agrupaciones estén mucho más distantes”.

De todas maneras, la guerra sigue latente. “Desafortunadamente, en marzo pasado, nos volvimos famosos por un bombardeo que hubo en límites con el Caquetá en zona selvática bastante cruel”. El mandatario local se refiere al bombardeo de la fuerza pública contra un campamento de ‘Gentil Duarte’, en el que se reportó la muerte de 12 guerrilleros, entre ellos una menor de edad. Dos más fueron rescatados. Ante las críticas por el operativo, el ministro de Defensa, Diego Molano, refiriéndose a los adolescentes reclutados, lanzó una frase que causó mucha roncha: “Son máquinas de guerra”.

La apuesta por el turismo en Guaviare

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El mítico río Guayabero separa el Meta del Guaviare. Durante muchos años fue escenario de los tiempos más azarosos tiempos del conflicto armado colombiano. Por allí transitaron drogas, armas y hasta secuestrados. Hoy es un afluente casi virgen y un paraíso por descubrir en las entrañas del Guaviare.

Navegar por ese caudal es constatar que el Guaviare también puede ser sinónimo de turismo exuberante, selva protegida, animales mitológicos y postales de Instagram. A pesar de su pasado, el Guaviare se reinventa.

“El Guaviare para el mundo es un diamante en bruto, para que la gente venga y disfrute. La imagen de violencia que se tenía ha cambiado el ciento por ciento. Ahora con el proceso de paz se ha venido dando más el turismo, se abrieron más las puertas en el Guaviare y nosotros aquí como comunidad en el Raudal del Guayabero estamos apostándole a eso”. La sentencia es de Norbey Méndez, habitante del lugar.

Muy cerca de allí, uno de los lugares más descrestantes, no ya del Guaviare, sino del mundo entero, es el tepuy de Cerro Azul, ubicado a 47 kilómetros de San José del Guaviare. Una joya arqueológica repleta de árboles colosales y raíces babilónicas por las que corre el agua cristalina que emerge de la selva. Y, sobre la roca, 1.200 metros cuadrados de pinturas rupestres que pueden tener hasta 12 mil años de antigüedad y que fueron hechas por indígenas amazónicos. Es difícil no mirar estos murales con la boca abierta.

“Esto aquí contiene mucho misterio, es como una Biblia. Si nos vamos de animalito en animalito, tras otras figuritas, dese cuenta de que es como uno sentarse a leer la Biblia, versículo tras versículo. Aquí podemos durar una semana y no llegamos a la final”. La explicación es de Víctor Amancio Caicedo, indígena y guía baquiano de la zona.

Para él este lugar sagrado tiene voz propia, pero, para escucharla, dice, hay que despojarse de tanta soberbia humana y rendirse ante la madre tierra. Los campesinos que custodian este patrimonio de la humanidad lo saben bien y, quizá por eso, envejecen mejor...

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José Noe Rojas, dueño de la finca por la que se llega a Cerro Azul, añade: “Lo importante no es tanto las pinturas sino el lugar. Y por ser tan importante el sitio es que plasmaron todas estas pinturas allí. Inclusive yo le llamo a eso una biblioteca”.

Raúl Pérez Ramos, otro habitante de esa comunidad, sostiene: “Queremos mostrarle al mundo que nosotros sí podemos cambiar, pero si somos unidos y tomamos conciencia, el turismo como tal en Cerro Azul va de la mano con el medio ambiente, aquí todavía hay 58 por ciento de selva, tenemos unas de las mejores aguas del Guaviare y creo que el gobierno y el mundo entero nos puede visitar porque esto es un potencial en turismo”.

La cima del cerro es un mirador privilegiado de esa Amazonía que resiste como puede a las mafias de la deforestación. Graciela Vergara lo dice con suficiencia: “Si nosotros no cuidamos estos árboles, pues entonces más adelante nos tocará comprar a nosotros mismos el aire”.

A unos 50 kilómetros de allí está Caño Sabana, un río exquisito de aguas tranquilas. Su fondo rojizo se debe a la Macarenia Clavigera, la misma planta acuática que convirtió a Caño Cristales en la Macarena en el río más lindo del mundo. Pues bien, este debería ser el segundo más bello, sin duda.

Desde este río de fábula Andrés David Grisales, dueño de la finca Tranquilandia, desde donde se accede al caño, lanza su propio SOS por la Amazonía: “Así pasó anteriormente con el apogeo de la coca. Muchas personas creían que eso nunca se iba a acabar, que les iba a durar toda la vida y así estamos ahorita con la naturaleza, pensando que todo el tiempo vamos a tener esto, vamos a tener estos árboles, las aves, este hermoso paisaje del agua. Eso creen que nos va a durar toda la vida, pero no, así no es”.

Cae la tarde sobre el río Guaviare, el sol bosteza por última vez y se esconde. Pareciera recordarnos que, a pesar de la humanidad misma, la vida en esta selva herida todavía sigue abriéndose paso. Quién sabe por cuánto tiempo más. Mientras tanto, a lo lejos, otro árbol caerá mañana.

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Vea la primera y segunda parte del especial “Guaviare: memorias de la selva herida”

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