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Testigo de una barbarie: Jesús Abad Colorado narra con dolor la guerra que está desangrando al Chocó

Paramilitares y otros grupos armados matan por doquier, mientras que las mujeres alzan la voz para que alguien los rescate del olvido. "Los hombres están cagados del miedo y son ellas quienes tienen que salir a protestar", dice.

Siempre detrás del lente está el testigo de nuestro tiempo, el maestro Jesús Abad Colorado. Esta vez formó parte de la misión humanitaria en el Alto Baudó, Chocó , al lado de la Iglesia católica, organizaciones indígenas de esos territorios y varias agencias defensoras de los derechos humanos.

Duró una semana en busca de la verdad; su mensaje está cargado de gritos heridos por el pueblo embera.

“El Chocó es un epicentro de guerra, donde la gente está sufriendo, donde la gente no se atreve a denunciar porque saben que pueden ser blanco de los actores armados, bien sea de la guerrilla del ELN o de disidencias de las FARC, pero lo más grave es que las AGC (Autodefensas Gaitanistas) -como sucedió con las AUC en los años 90- están creciendo desaforadamente” , reflexiona Jesús Abab Colorado, reportero gráfico.

Luego cuestiona: “Yo me pregunto y le pregunto al general Zapateiro (comandante del Ejército), le pregunto al presidente de la República y le pregunto a los diferentes ministros o al del Interior... ¿cómo es posible que todas estas denuncias sobre las AGC se estén dando porque se mantienen como en los años 90, a veces en lugares donde las autoridades saben?”.

Chucho Abad, como muchos lo conocen, no oculta el dolor que le produce ver a esta Colombia azotada por la violencia, dolor que expresan los pobladores.

“Estoy llorando porque dejamos todo abandonado, todos los animalitos y casas, porque siento una tristeza en mi corazón, no aguanto el dolor que tengo aquí", dice una afectada por la violencia.

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Su misión por el Chocó inició en 2019, desde ese momento ha ido generando un registro visual de videos y fotografías en medio de las comunidades afectadas por la guerra. Así busca dar a conocer la dimensión de la tragedia.

El reportero enmarca sus relatos en rostros de víctimas; una de ellas es Aquileo Mecheché Parajón , a quien, denuncia, lo asesinaron los paramilitares.

“Es entender que el llanto no es solo por el dolor de los líderes que están siendo asesinados, sino también por esa naturaleza que está siendo devastada, que hay intereses económicos de gente que sabe el poder y la riqueza de estos territorios", afirma Abad.

El reportero gráfico también registró en Bahía Solano al líder Miguel Tapí Rito .

“Le cortaron la lengua, a Miguel Tapí lo decapitaron y le dejaron la cabeza boca abajo besando la tierra. Eso desestructura una comunidad porque asesinar estos hombres y mujeres líderes en estas comunidades lo que busca es someterlos a esos nuevos actores armados que se quieren apoderar de un territorio”, señala.

El tercer relato de Jesús Abad se cuenta a través de una joven madre llamada Luz Aida Concha. Chucho siguió su rastro de sangre en el Alto Baudó , después de dos días de navegación por un paraíso de bosques y aves.

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“Paramilitares llegaron a la comunidad de Moamia… el ELN llegó y atacó a los paramilitares, en ese cruce murió una mujer de 21 años que se llamaba Luz Aida Concha Delana. Luz Aida tenía dos niñas de 1 año y 5 años. Uno siente el miedo de la comunidad, la comunidad está huérfana, una comunidad que hacía 12 años no veía integrantes del Ejército que habían llegado”.

Un viaje al olvido, al miedo, a la guerra, un viaje del cual pareciera no haber regresado porque las preguntas a los hechos documentados le resultan incomprensibles.

Aún retumban en su cabeza los gritos desgarradores de las mujeres embera en la marcha del silencio en Riosucio, Chocó . Más que lamentos eran alaridos de resistencia a los violentos.

“Son los gritos de las mujeres en la zona de Bahía Solano. Con la muerte de Miguel Tapí, los hombres están doblegados por el miedo, mejor dicho, los hombres están cagados del miedo y son las mujeres las que tienen que salir a protestar”, asegura.

Con dolor, sostiene que la Policía y el Ejército saben que los criminales están allá, pero no pasa nada. Mientras tanto, las mujeres levantan la mano con dignidad, resistiendo a la violencia para que alguien los rescate del olvido.

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