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Minería ilegal amenaza supervivencia del único pueblo aislado confirmado en Colombia, los yurí passé

Con imágenes satelitales, los investigadores establecieron que las dragas y los mineros ilegales estarían a solo 10 kilómetros de las malocas de los yurí passé, un milenario pueblo amazónico que desde hace casi dos siglos cortó el contacto con la civilización occidental. Informe especial.

El único pueblo aislado confirmado en Colombia, los yurí passé, está amenazado por la minería ilegal

El pasado 16 de noviembre, un juez ordenó la protección del territorio de los yurí passé, el único pueblo no contactado identificado en Colombia, que durante milenios ha ocupado el Amazonas, y durante siglos ha huido de la colonización, la esclavitud, las enfermedades y las matanzas, en una extraordinaria historia de resistencia. Pero ahora este pueblo enfrenta una nueva amenaza de extinción: grupos armados y mineros ilegales se adentran en barcos por las aguas del río Puré, su hogar, y hoy estarían a apenas 10 kilómetros de llegar hasta sus malocas en la selva más profunda

Los pueblos yurí y passé guardan una historia extraordinaria. Son los últimos descendientes de los grandes cacicazgos indígenas que dominaron buena parte del río Amazonas durante milenios, antes de la llegada de los europeos a América. Por siglos, resistieron la esclavitud impuesta por los conquistadores españoles y portugueses, y luego padecieron la enceguecida ambición de los blancos y mestizos que, en la fiebre del caucho, exterminaron a cientos de miles de indígenas. Así, hace alrededor de 150 años, presionados por la posibilidad de extinguirse, los yurí y los passé decidieron borrar todo su rastro y desaparecieron. Desde entonces, sobreviven escondidos y sin ningún contacto con otros seres humanos en las selvas más profundas del Amazonas colombiano.

“Lo que se sabe es que son pueblos que resisten a todo contacto y que llevan por lo menos 200 años escondiéndose de la Conquista, de la sociedad mayoritaria. Entonces sabemos que viven en el bosque, que depende 100% de él y que evitan cualquier relación, incluso con otros indígenas de las comunidades”, explica Daniel Aristizabal, coordinador de Amazonía y pueblos en aislamiento de la organización Amazon Conservation Team.

Los expertos calculan que en Colombia hay alrededor de 15 pueblos no contactados, en aislamiento voluntario, o en estado natural, como los llaman los indígenas. Pero los yurí-passé son los únicos que han sido identificados, y cuya existencia está confirmada. La evidencia principal de su supervivencia son las imágenes satelitales y fotos aéreas en las que han podido registrar sus malocas y cultivos.

Las fotografías tomadas por Cristóbal von Rothkirch en 2010 muestran sus viviendas y algunos cultivos de chontaduro y plátano. Existen otras más recientes, tomadas este año, donde incluso se les ven a los indígenas a lo lejos, pero las entidades que los protegen prefieren que no se revelen para guardar el secreto de su ubicación exacta. Lo que se puede decir sin ponerlos en riesgo, es que los yurí passé habitan estas extensas selvas alrededor del río Puré, entre los ríos Caquetá y Putumayo, en el parque nacional río Puré.

Pero las recientes imágenes satelitales y los sobrevuelos también registraron una gran amenaza a la supervivencia de estos pueblos milenarios. Remontando el río Puré, el hogar de los yurí passé, avanza a todo vapor la minería ilegal de oro. Decenas de dragas, embarcaciones y miles de personas dedicadas a la explotación del mineral vienen desde Brasil, cruzan la frontera y avanzan hacia el corazón del Amazonas colombiano.

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“De esos dos pueblos que tenemos certeza hay una amenaza actual y real con evidencia de información satelital, fotografías, que es la minería. Y esta minería lo que hemos podido observar es que es bastante agresiva, que usa dragas, retroexcavadoras”, explica José Luis Quiroga, director de ordenamiento de la propiedad rural del Ministerio de Agricultura.

En 2022, las imágenes aéreas registraron 72 equipamientos mineros, es decir, dragas y otro tipo de herramientas y vehículos usados para la explotación del oro en el río Puré. Algunas de estas embarcaciones han llegado a estar a solo 10 kilómetros de distancia de las malocas de los yurí passé. De continuar esa progresión, el encuentro entre los mineros y los pueblos no contactados es inminente

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Según los informes recogidos por la Unidad de Restitución de Tierras, en la zona operan dos disidencias de las Farc: el frente Carolina Ramírez y los Comandos de Frontera, y ambos trabajan en sociedad con los mineros ilegales. Pero las armas de estos grupos ni siquiera son la amenaza más grave.

“Como hay minería en su territorio, personas que vienen tanto de Brasil como de Colombia al contactarse los afectan en su salud, puede ocurrir una mortandad de estas personas”, dice Acxan Duque Gámez, director de asuntos étnicos Unidad de Restitución de Tierras.

Al igual que pasó en la época de la Conquista con millones de indígenas que murieron por simples gripas, traídas por los europeos y hasta entonces desconocidas en este continente, los yurí passé podrían extinguirse por cualquier enfermedad para la que sus organismos no tienen anticuerpos. Los yurí passé están siendo acorralados en su propio territorio.

“Sabemos que los pueblos no contactados son seminómadas, se mantienen en ese territorio, su despensa natural es el río y toda la vegetación. El ruido hace que los animales se vayan más adentro de la selva y tengan que salir más días a cazar”, dice Duque Gámez.

La minería ilegal ha vertido tanto mercurio en el río Puré que, según estudios recientes, sus peces sobrepasan los límites de concentración de este metal. También han detectado que en la sangre y el cabello de los habitantes de la región hay concentraciones tres veces superiores a las que la Organización Mundial de la Salud considera nocivas.

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Ante este coctel de amenazas, la Unidad de Restitución de Tierras y el Ministerio de Agricultura solicitaron medidas cautelares para salvaguardar un millón doscientas mil hectáreas en la amazonía colombiana, y que los yurí passe puedan vivir tranquilos allí.

Giovanni Yule, director de la Unidad, dice que “en la medida que protejamos los pueblos hermanos que están en la Amazonia, estamos protegiendo la Amazonía, porque los seres humanos que viven, conviven, son los que sostienen el equilibrio y la armonía con nuestra madre naturaleza son los que viven allá. En consecuencia, son los que nos permiten la posibilidad de respirar a los seres humanos”.

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Las autoridades no saben con certeza cuántos yurí passé sobreviven, lo que sí es seguro es que su superviven hoy está tan amenazada como la estuvo hace quinientos años, con la llegada de los europeos a América, o hace dos siglos, con el exterminio que causaron los caucheros.

Así lo dice el profesor e investigador Héctro Mondragrón: “Todos estos contactos frozados, todos estos desplazamientos que les hacen a estos grupos es como si estuviéramos continuando la empresa colonial que hicieron los europeos, llegar a sacar a la gente de su territorio, poner ahí tierras, colonizar en su selva que es su vida, que es de lo que viven hace siglos, entonces es una imposición. Sean 300 o sean mil, tienen derecho a que no los exterminen y no los sometan a un proceso de etnocidio y de despojo”.

Lo que está en juego es el respeto de una decisión que estos pueblos tomaron hace siglos, cuando presintieron su extinción, y se internaron en la selva más lejana. Por eso nadie tiene derecho a obligarlos a volver al contacto con la sociedad. Así lo tienen claro los indígenas vecinos, como Osvaldo Muka, el coordinador general de la Organización de Pueblos Indígenas de la Amazonía (OPIAC): “Sabemos que ellos están en su territorio, que han estado allí por miles de años, así como nosotros. Entonces el ejercicio que se hace es de no molestarlos, de mantenerlos en su territorio, que algún día ellos por sí solos, por su voluntad, puedan salir al ejercicio de la civilización tal cual como nosotros, pero allí siempre hacemos esa interacción, tratamos que ellos puedan hacer la vida que es natural”.

El pasado 16 de noviembre, un juzgado profirió las medidas cautelares a favor de los yurí passé, las primeras en la historia que se emiten para la protección de un pueblo no contactado. Entre otras cosas, estas piden que, con urgencia, el territorio de estos pueblos sea liberado de la minería ilegal.

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LOS HEREDEROS DE LOS GRANDES CACICAZGOS

La existencia de los yurí passé está rodeada de misterio. Apenas en las últimas dos décadas, los antropólogos, investigadores y el mismo estado empezaron a entender quiénes son estas personas que viven en la selva colombiana hace siglos bajo su propia ley, su lengua y sus creencias.

“Todos estos pueblos son los pueblos originarios de América que llegaron hace milenios. Al Chiribiquete como le decía hace 19.000 años, y al Aracuara, que están al noroccidente, donde están los passé, llegaron hace 10.000 años por lo menos”, explica el profesor Mondragón.

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En 2012, el ya fallecido antropólogo Roberto Franco publicó el libro Cariba Malo, la mayor investigación que se ha hecho sobre los yurí – passé. Allí concluyó que ellos son los únicos sobrevivientes de los grandes pueblos que, antes de la conquista europea, dominaron gran parte del río Amazonas:

“La hipótesis sustentada a lo largo de este trabajo plantea que los yorimanes- yurimaguas, ibanomas y aisuares no se extinguieron. y que sus descendientes viven en las selvas colombianas, y abre un nuevo campo de eflexión sobre la historia del Amazonas que postulaba hasta el momento la extinción total de los grandes cacicazgos del río Amazonas, debido a la colonización ibérica”, escribió Franco en su libro.

En el siglo XVI, los españoles y portugueses entraron al Amazonas, y con ellos trajeron la esclavitud y las enfermedades desconocidas para los pueblos indígenas. Algunos, tratando de huir a la desgracia, se desplazaron hacia el norte del gran río, y en ese camino, un puñado de ellos alcanzó las inmediaciones del río Puré. Fue en esa región que a estos pueblos se les empezó a nombrar como los yurí y los passé.

Los yurí y los passé mantenían relaciones con otros pueblos indígenas y los europeos. De hecho, a estos pueblos se les menciona reiteradamente en las crónicas de los misioneros y sacerdotes católicos que pretendían evangelizarlos. En los diarios de una de esas expediciones religiosas, recogidos por Franco, quedaron descritas las costumbres de estos pueblos: “El padre Monteiro cuenta que todos usaban la cerbatana para cazar y que para la guerra tenían escudos de piel de caimán o de danta y macanas o garrotes de madera llamados cuidaruz. Utilizaban también lanzas de palo rojo en cuyas puntas ponían veneno, así como en los dardos de sus cerbatanas”.

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También fueron descritos los rituales de la muerte: “La mayoría de estos grupos entierran a sus muertos en ollas grandes”. Los passés, una vez se pudrían los cuerpos en las ollas grandes, “trasladan los huesos a otras ollas más pequeñas con muchos bailes y fiestas” (…) Estas manifestaciones culturales denotan un grado de complejidad característico de sociedades complejas”.

Otro encuentro importante para seguir el rastro de estos pueblos fue el de los naturalistas alemanes Carl von Martius y Johann von Spix a comienzos del siglo XIX. De sus expediciones por el Amazonas, así como las de otros viajeros, quedaron dibujos de la apariencia física de los yurí y los passé.

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Más adelante, hace 200 años, el explorador Henry Walter Bates dejó constancia del declive de estos grandiosos pueblos: “Las mejores tribus de salvajes que habitan esta región cercana a Ega son los Jurís y los Passés: sin embargo, están casi extintos (...) la principal causa de su disminución numérica parece ser una enfermedad que siempre aparece cuando un poblado es visitado por gente de asentamientos civilizados, una fiebre lenta acompañada de los síntomas de una gripa común, llamado por los brasileros defluxo”.

Hacia finales del siglo XIX comenzó la peor enfermedad que se ha esparcido por el Amazonas: la fiebre del caucho. Blancos y mestizos invadieron la selva para adueñarse de ese producto, en furor mundial, que extraían de los árboles amazónicos. Miles y miles de indígenas fueron esclavizados y asesinados en las empresas de extracción de ese nuevo oro. Hay registros de que los caucheros pretendieron esclavizar a los yurí y los passé, pero no hay noticia de que lo hayan logrado:

Es en este periodo donde el rastro de los yurí y los passé desaparece. Habría sido ahí cuando tomaron la decisión de alejarse del resto del mundo, una determinación que mantienen hasta hoy y que peligra de nuevo por la ambición de los foráneos, que como en las épocas de la conquista y el caucho, invaden la selva más profunda para arrancar sus riquezas.

LA RESISTENCIA MILENARIA DE LOS YURI PASSÉ


En 1969, el aislamiento de los yurí passé se rompió por un violento y único encuentro que fue registrado por German Castro Caycedo en el libro “Perdido en el Amazonas”. Julián Gil era un exinfante de marina, ambicioso comerciante y aventurero que se había instalado en el municipio de La Pedrera. Entre sus sueños quijotescos, anhelaba convertirse en el amo y señor de la tribu de no contactados que, se rumoraba, existía en la zona, y sobre la que esparcían mitos infundados, como que eran caníbales. En una de sus expediciones, Gil llegó hasta sus malocas, los contactó y desde entonces desapareció.

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Su hermano Efraín organizó una expedición con 42 personas, entre militares e indígenas, para buscarlo. Ese grupo también se encontró con los yurí, y así los describieron: “Desde luego estaban desnudos. Tenían los cuerpos pintados, se pintan con colorantes vegetales y los adornos, una alegoría de los acontecimientos de cada día, permanecen en su piel durante mucho tiempo porque sudan poco”.

De ese encuentro quedaron las únicas fotos que existen de indígenas yurí, y quedó también el registro de una tragedia. En medio de la expedición de rescate, el grupo asesinó por la espalda a cinco indígenas, entre ellos dos niños, que se cruzaron en el camino y que iban desarmados… también secuestraron a una familia yurí que estuvo retenida en la pedrera por meses, y que casi muere de gripa, hasta que la presión mediática obligó a que los devolvieran a su territorio. A esa familia los llamaron los caraballos.

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En medio de esta nueva desgracia, una vez más causada por los foráneos, sucedió algo clave para que hoy se sepa que los pueblos aislados de esa región son los yurí y los passé: “Hubo un sacerdote que recolectó vocabulario de esta familia a la que después de mucha discusión y presión internacional también la soltaron. Se publicaron artículos de lingüistas que decían que el vocabulario, que no era mucho, habían encontrado coincidencias con la lengua yurí, eso fue ratificado por otros lingüistas, por eso se piensa que son yurí”, explica el profesor Mondragón.

Las fotos que tomaron de las malocas en medio de ese episodio también son determinantes para la identificación, pues las construcciones son similares a las que se han tomado recientemente en sobrevuelos e imágenes satelitales.

El contacto de 1969 ha sido el único contacto directo registrado con estos pueblos desde que se aislaron hace unos 150 años, pero los testimonios sobre su existencia han aumentado: hay relatos de personas que los han visto a lo lejos. Un guerrillero de un grupo de las farc que se internó en esa selva lo contó así en una entrevista registrada en Cariba Malo:

"Los caraballos acostumbraban a hacer daños en el campamento guerrillero: Dañaban las tablas, golpeaban, y entonces nadie los molestaba porque los teníamos ahí quieticos. A veces se llevaban cosas, dañaban una motosierra, y dañaban ollas. Cuando hacíamos la comida venían y la regaban en un segundo, habiendo tanta seguridad que había, y ellos se metían. No se daban cuenta. Y cuando nosotros hacíamos patrullajes por el camino de nosotros, como allá cuando uno está en eso debe estar muy quietico, y nada de bulla, y escuchábamos cuando ellos venían y nos escondíamos para mirar”.

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También hay testimonios de quienes observan sus rastros en la selva. “Se ha encontrado que hacen uso de tortugas en las playas, entonces zonas de cacería, se han encontrado huellas en la selva, a veces se ven columnas de humo que seguramente están haciendo para sus cultivos, en algunos casos se ven rastros en los árboles donde han sacado cuerdas para sus amarres”, dice Daniel Ariztizábal, de Amazon Conservation Team.

Pero el mayor testimonio sobre los yurí passé es el de las comunidades aledañas que, en sus relatos, siempre han dado fe de su existencia, y que se sienten conectados espiritualmente con los yurí passé. “Ellos en ningún momento hacen ningún tipo de deforestación. Hacen sus bailes tradicionales, la siembra como lo deja el padre creador, la forma de cazar, todo es con permiso de la madre naturaleza, todo es con permiso del sabedor que indica que no es destrucción, sino un equilibrio con la madre naturaleza, no excederse más allá de la forma de convivencia con la naturaleza”, dice Osvaldo Muka, de la OPIAC.

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Por todo este recuento de investigaciones y testimonios se sabe que los yurí passé viven manera muy similar a como los hacían milenios: pescan, cazan, recogen frutos, cultivan chontaduro, cacao, piña. Se esconden cuando ven a un extraño y, sobre todo, no le hacen mal a nadie, ni a la misma selva. Los indígenas vecinos, los que sí están en contacto con la sociedad, los admiran.

“Ningún otro pueblo en el planeta ha logrado esto, y es resistir totalmente a la globalización, y eso ya de por sí hace que debiera garantizarse su territorio. Pero también hay un respeto muy profundo porque mantienen la cultura viva, porque son más poderosos, conocen mejor las plantas, la cacería, los bailes, el idioma, de eso se genera admiración”, explica Aristizábal.

La historia de los yurí passé es un testimonio sin igual de resistencia. Con las medidas cautelares ordenadas por un juez para su protección, el Estado ahora tiene que movilizarse para garantizar la supervivencia de su lengua, cultura y costumbres, y sobre todo, para respetar la autonomía férrea con la que decidieron separarse de la sociedad mayoritaria, esa que, una vez más, amenaza su vida.

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