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Para hacerle quite a la crisis del COVID-19, estas cultivadoras revivieron un mercado campesino

En medio de un paraíso verde selva, su manera de enfrentar la pandemia las hace un ejemplo a seguir en Caquetá.

En medio de un paraíso verde selva, su manera de enfrentar la pandemia las hace un ejemplo a seguir en Caquetá.

El Caraño es un corregimiento de 36 veredas. Aquí se vivió entre la violencia y los cultivos ilícitos, pero su gente decidió cambiar; hace tiempo ya que están dedicados al ecoturismo de montaña y los cultivos de huerta.

Todo parecía ir bien, pero la pandemia llegó y los turistas desaparecieron, la siembra no tuvo salida al mercado, la estaban perdiendo.

Entonces, 22 mujeres se unieron para ponerle el pecho al COVID-19… no literalmente, porque se cuidan, pero sí para no dejar que el coronavirus echara al traste sus sueños.

“Nuestra gran preocupación era volvernos invisibles, que el COVID-19 nos regresara otra vez a nuestras fincas, que perdiéramos unos espacios que habíamos ganado con el turismo y con los mercados campesinos”, dice Irialed Murcia, representante de la Corporación Ambiental Corcaraño.

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Por eso hicieron un pacto de hermandad, se dividieron en dos grupos de trabajo: cada sábado, 10 mujeres -apoyadas por sus familias y vecinos- recogen la cosecha de la montaña y bajan a Florencia.

El descenso de las cultivadoras se da al amanecer.

“A las cuatro de la mañana nos encontramos todos. El carro llega y entre todos ayudamos a cargar. No han importado esas lluvias torrenciales, sino que así bajamos a Florencia, llegamos a un punto, al Parque Turbay, instalamos muestras carpas e inicia un festival cargado de colores de sabores y olores”, cuenta con fascinación Irialed.

Todo en el mercado se vigila detalle a detalle, los campesinos aprendieron a cuidar sus productos y a cuidarse entre ellos.

“Somos unas convencidas de que es a través del trabajo, que se hace como campesinos y campesinas desde los territorios, que vamos a salir adelante y que podemos aportar no solamente a la parte económica, sino a la formación de nuestros hijos”, dice Irialed.

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Bajo las carpas se encuentra de todo: desde los canastos de Elidia Tascón, tejedora embera, hasta la panela del trapiche ancestral.

“Ha sido una oportunidad única para fortalecer nuestros mercados rurales, para consumir lo nuestro y apoyar estos pequeños emprendimientos rurales”, explica Luis Alberto Arias, cliente del mercado.

En esta cita semanal todos aportan su granito, hacen y dejan hacer, sueñan y hacen soñar.

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