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“Son los ángeles de este lugar”: así es la crianza de los niños que nacen y viven en las cárceles

En estrechas celdas, las mujeres acompañan a sus hijos los tres primeros años de vida, sin embargo, la emergencia generada por el COVID-19 también allí separó a muchos.

Noticias Caracol entró al pabellón especial donde las mujeres que son madres pagan condena en la cárcel del Buen Pastor, en Bogotá. Tras estricto protocolo de desinfección, hablamos con ellas y hasta con las dragoneantes que custodian los lugares que se convierten en el primer hogar de esos “ángeles”.

En Colombia, hay ocho jardines infantiles en centros carcelarios que fueron creados para los llamados niños de la prisión. Menores destinados a aprender a gatear, caminar y pronunciar sus primeras palabras internos en el mismo lugar donde sus mamás cumplen condena.

Millán Lazo, es madre de un niño de dos años al que no pudo ver durante ocho meses por cuenta de la pandemia del coronavirus . Ella cumple en este centro penitenciario, en el que gestó y vio a su hijo dar los primeros pasos, una condena de seis años por traficar marihuana.

“De todas maneras es difícil, pero siente uno más el amor de madre en estos lugares, porque uno les dedica más tiempo en estos lugares que si estuviera afuera. De pronto critican porque las presas somos nosotras, pero el amor de mamá es único y pienso que lo más importante es que uno les brinde el afecto como mamá", comenta.

Otro de los testimonios que conocimos fue el de Ingrid Valencia, que con 24 años cumple desde hace dos una pena por hurto. En prisión dio a luz a una niña que hoy tiene 19 meses.

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"¿Vivir con mi hija acá? Yo sé que no es el lugar correcto para tener a los hijos, pero los hijos no están mejor que con la mamá. Yo considero que soy buena mamá. El error mío fue haber estado acá, pero no me arrepiento de haber estado con mi hija porque es lo mejor que me ha pasado en mi vida. Siempre he estado con ella hasta el último día que me pueda ir", narra Ingrid.

En prisión aprenden a ser mamás, allí unas y otras se tienden la mano para darles a sus pequeños lo mejor de sí.

Quienes custodian a estas internas, son mujeres y madres que no son ajenas al dolor que implica desprenderse de un hijo. Cada historia es diferente y así mismo las marca.

"Recuerdo la salida de una niña, a todos los quiero, ellos se llevan en el corazón, porque son el sonreír, son los ángeles de este lugar y tener que despedirlos es difícil, es desgarrador. Siendo uniformada un día caí arrodillada por la salida de una niña", recuerda Lorena Hernández, dragoneante del Inpec.

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Antes de la pandemia, 24 niños vivían en este lugar con sus madres, que cumplen penas por diferentes delitos. Hoy, solo 10 de ellas permanecen en la zona habilitada en el Buen Pastor para que mujeres en estado de embarazo y otras madres terminen de criar a sus hijos, a los que esperan ver si el COVID-19 lo permite.

La pandemia y los motines que se registraron en marzo pasado, cuando inició la emergencia, rompieron el lazo estrecho entre madres e hijos que ni siquiera el frío de este inhóspito lugar había roto.

"El mayor temor que yo siento es que él se despegue más de mí, que no se acuerde que yo soy su mamá. Me duele y me da tristeza”, puntualiza Millán.

No solo en Bogotá hay niños que se crían tras las rejas hasta sus tres primeros años. También en Jamundí, Pedregal, Medellín, Cúcuta, Bucaramanga, Popayán, Armenia y Manizales hay madres que tienen historias por contar y que piden a la sociedad que no les niegue una segunda oportunidad sobre la tierra y que no echen al olvido a sus hijos criados en prisión.

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