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La surfista ecuatoriana que pasó de dormir en la playa a clasificarse a los Juegos Olímpicos

Dominic Barona tuvo muchas dificultades para competir, por los escasos recursos económicos con los que contaban ella y su familia.

Mimi Barona
Dominic Barona, surfista ecuatoriana.
ERNESTO BENAVIDES/AFP

Mimi Barona sabe que la vida es como las olas, a veces estás abajo y otras arriba, pero considera "un sueño" su clasificación a los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 , donde este domingo se estrena el surf como disciplina y ella busca subirse a la cresta de la ola olímpica.

"Era mi gran sueño de pequeña, llegar a unas olimpíadas cuando el surf ni siquiera pertenecía al ciclo olímpico", expresó en entrevista con Efe la surfista ecuatoriana, 30 años, que entrena en su pueblo de Montañita, cuna del surf local.

Tocada con una gorra negra y el pelo mojado tras haber entrenado temprano, la surfista se siente pletórica ante el reto olímpico que la coloca entre las veinte mejores del mundo.

Su billete a los Juegos no ha sido un camino de rosas, ya que en los Juegos Mundiales de surf de El Salvador, el pasado mayo, quedó eliminada en la tercera ronda, pero el hecho de que la peruana Daniela Rosas quedara entre las siete primeras le abrió la posibilidad de la repesca.

"Fueron los tres días de mayores nervios de toda mi vida", recuerda esta deportista que tiene en su palmarés una plata en los Juegos Panamericanos de Lima 2019, tres oros en latinoamericanos o vicecampeonatos mundiales como el de 2016 ISA de Costa Rica, cuando se conoció que el surf entraría en la categoría olímpica.

Aunque comenzó tarde, a los 15 años, la suya "ha sido una carrera muy difícil, con muchos sacrificios", pero se muestra satisfecha de haber llegado a donde un día soñó estar.

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De padre buzo y madre profesora rural de su pueblo costero, frecuentado por turistas y mochileros, Dominic 'Mimi' Barona se inició en las disciplinas acuáticas a los 6 años con el buceo, para luego decantarse por el bodyboard, aunque su pasión por el deporte la llevó a practicar de todo: atletismo, fútbol, natación, baloncesto.

"Siempre fui muy competitiva", resalta la ecuatoriana, quien tuvo como ejemplo a uno de sus hermanos, Israel, quien desde temprana edad surfeaba y le sirvió de inspiración a lo largo de su carrera.

Cuando aún practicaba bodyboard, con 13 años, se desarrolló un campeonato nacional y el club de Montañita no tenía representante femenina en surf.

"Mi hermano me dijo: 'Párese y trate de mover la tabla'. Ese día no pude dejar más el surf porque perdí y quería ser la mejor", rememora quien creció viendo a su hermano y amigos practicarlo.

Campeonato tras campeonato fue haciéndose un espacio en un deporte hasta entonces predominantemente masculino en Ecuador, lo que la motivó a "querer ser mejor (que ellos), y sin darme cuenta subir de nivel".

Aún recuerda con nostalgia esos primeros 100 dólares que ganó en una competencia en la que quedó segunda, y cómo tuvo que trabajar de mesera para poder comprarse una tabla propia.

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En una familia de cuatro hijos y bajos recursos solo podía permitirse participar en los torneos nacionales o el primer Latinoamericano que ganó en 2010 por disputarse en Ecuador, pero destaca la primera vez que compitió fuera del país gracias al apoyo de su padrino, Nicolás Flores, patrocinador de Ecuasal.

Una anécdota que le sucedió con 16 años le marcaría para siempre, cuando su patrocinador accedió a pagarle, con el presupuesto destinado solo a ella, el viaje también para su hermano Israel y su otro "hermano" -el dos veces campeón latinoamericano Jonathan Zambrano-, para participar en su primera competición internacional en Panamá, donde quedó tercera.

"El almuerzo era muy caro y con lo que íbamos a comer los tres alcanzaba para un menú. El dinero era para comida o para el hotel, así que nos quedamos con la comida y dormimos en la playa en las fundas de las tablas", señala.

Esos "sacrificios" los lleva tatuados a fuego: "Nos ha costado mucho y hace que valoremos cada oportunidad".

Barona será la única representante del surf de Ecuador en Tokio y tras su clasificación contó con una apretada agenda de entrenamientos y pruebas en Ecuador y México, antes de viajar a mediados de mes a la capital nipona.

En Japón ya había ha estado cuatro veces en dos mundiales y dos pruebas QS, pero no se confía de cara a la cita olímpica.

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"Tengo entendido que van a haber olas muy chiquitas, se pide otro tipo de tablas", comenta convencida de que no tendrá segundas oportunidades, y que "ahí es el momento de demostrarlo todo".

Orgullosa de integrar la mayor delegación que Ecuador envía a unos Juegos Olímpicos, con 48 deportistas, esta reina de las olas ecuatoriana se contenta, de momento, con "poner al surf en el mapa de los deportes importantes del país".

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