medellín
5:35 am - 14 de Agosto de 2017

A 30 años de una avalancha de muerte en Medellín, los líderes sociales asesinados no se olvidan

La racha sangrienta se inició el 3 de julio de 1987 con el asesinato del profesor Darío Garrido Ruíz.

Veinticuatro horas después, cayó el estudiante Édison Castaño. De ahí en adelante la lista fue creciendo hasta llegar a 17 estudiantes y profesores de la Universidad de Antioquia, sin contar a otros dirigentes de izquierda.

El 13 de agosto de 1987, en protesta contra la ola criminal, unas 3 mil personas desfilaron por las calles de Medellín en la que se conoció como la Marcha de los Claveles. Al frente de la movilización estuvieron el senador Pedro Luis Valencia y el médico Héctor Abad Gómez.

Al día siguiente de la marcha, el propio Carlos Castaño encabezó el ataque a la casa del senador Valencia. Asesinos, vestidos de policías, lo mataron.

“A las seis de la tarde cuando terminamos esa manifestación, él por la noche me dijo: ‘Yo ya sé que me van a matar, pero ya no tengo miedo’. Y al otro día a las seis de la mañana lo asesinaron. A la niña, por ejemplo, le tocó ver cuando le disparaban mientras él gateaba”, cuenta Beatriz Zuluaga, viuda de Pedro Luis Valencia.

El día 25 del mismo mes, en pocas horas, la arremetida paramilitar cobró tres mártires que la memoria de Antioquia siempre recuerda: Luis Felipe Vélez Herrera, Leonardo Betancur Taborda y Héctor Abad Gómez. Este doloroso momento quedó plasmado en la obra del escritor Héctor Abad Faciolince, El olvido que seremos.

La violencia no se detuvo y el 24 de noviembre se ensañó con los jóvenes militantes de la Juco. Su sede, situada a escasos cien metros de la Basílica Metropolitana de Medellín, fue tomada por asalto y fueron asesinados seis activistas.

Ese 1987, la casa Castaño mostró lo que era capaz de hacer. El 10 de diciembre, Día de los Derechos Humanos, fue secuestrado, torturado y asesinado el estudiante y militante de la UP Francisco Gaviria.

Han pasado tres décadas de este capítulo sombrío en la historia de Medellín y Antioquia, y la memoria sigue intacta. Nunca es tarde para recordar a quienes entregaron su vida en defensa de las libertades que hoy cobran importancia en la construcción de la paz.

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