medellín
10:10 am - 29 de Octubre de 2017

La desagradable broma con que este hombre se gana la vida en el centro de Medellín

“Primero miran los bollitos y luego me miran a mí”, comenta Álvaro Rodas Martínez, un vendedor ambulante con 25 años rebuscándosela en la calle.

Es un hombre particular: es serio, poco bromista y en los últimos dos años, afirma él, es poco lo que sonríe por la enfermedad que le aprisiona el cerebro y le dejó un ruido permanente en su oído derecho. Aun así vende bromas: cucarachas, alacranes, culebritas y bollos, es decir, figuras que asemejan excrementos.

Por ello muchos transeúntes primero miran los bollos y luego lo observan a él, con desprecio, sobre todo las mujeres que se tapan la boca.

“Este es el único sustento que tengo. Mi hija de 16 años está enferma al igual que mi mamá y yo debo llevar la comida a la casa”, comenta Álvaro Rodas, de 59 años, que ha vivido toda su vida en el barrio Robledo Miramar.

Todos los días, luego de un sueño intranquilo, abre los ojos y se queda pensando hasta las 8:00 de la mañana. Se pone de pie, saluda a sus familiares. Se baña y con solo un café con pan en el estómago, toma un bus y baja hasta el centro y busca un lugar a lo largo de la carrera Junín, entre las calles La Playa y Colombia.

“Desde hace dos años fabrico yo mismo los bollitos. A quien se los compraba, me dio la idea. Así que cogí papel periódico, lo mojé y comencé a experimentar con pegante. Poco a poco me fue dando y como sé de pinturas y esmaltes, hice las formas y los pinté”, comenta Álvaro Rodas.

Ya en el centro, tras llegar de su casa, busca un lugar adecuado para descargar su mercancía: insecticidas y venenos para cucarachas y ratones, además de sus tradicionales bromas. Este año las ventas han sido pésimas. No hace más de 15 mil pesos por día, ni los 24.600 que representa un día con el salario mínimo. Cuando antes lograba vender hasta 40 mil pesos.

“Trabajo de nueve a tres de la tarde. No puedo más porque la cabeza comienza a rebotarme y no puedo mirar a un solo lugar sin marearme”, afirma Álvaro Rodas, quien se queja de que su EPS, desde hace tres meses, no le haya suministrado las pastillas que necesita para calmar el malestar en su oído.

Álvaro Rodas no se explica por qué sus ventas bajaron, es como si la gente hubiera dejado de bromear, hubiera perdido el humor. De hecho, desde hace dos meses no fabrica bollitos porque la mercancía se le va quedando. Mientras tanto, desde su puesto, acompañado por otros cientos de trabajadores informales de la ciudad, ve pasar la gente y las miradas de asco que le dirigen.

Según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane), entre diciembre de 2016 y febrero de 2017, en el en área metropolitana de Medellín, al menos 764 mil personas trabajaron de manera informal.

Álvaro Rodas hace parte de esta cifra y cree que estará en ella hasta el fin de sus días, quizás, aun vendiendo sus bromas.

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