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Colombia, un país de enorme riqueza ambiental en riesgo de desaparecer

Tala de los bosques para cultivos ilícitos y ganadería, contaminación de los ríos y del aire, mal manejo de basuras y poco reciclaje. Son muchos los peligros que enfrenta nuestro medio ambiente. Colombianos deben entender que de todos depende salvar nuestros recursos.

Cuando se habla del medio ambiente muchos extranjeros sostienen que Colombia está en la mejor esquina del planeta.

Tenemos la suerte de habitar uno de los territorios más complejos del mundo. El país está bañado por dos océanos. En la parte occidental hay un complejo sistema montañoso donde nacen nuestros principales ríos; en su parte oriental, enormes llanuras, y una extensa selva amazónica que ocupa el 46% del territorio colombiano.

Esa diversidad geográfica ha posicionado a Colombia como el segundo país más biodiverso del mundo. Sin embargo, esa riqueza natural está cada vez más amenazada por el comportamiento humano, que destruye el frágil medio ambiente que nos rodea.

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Talamos nuestros bosques naturales para abrirle más campo a una ganadería ineficiente y a los cultivos de coca, que siguen siendo los más extensos del mundo. Nos acostumbramos a que en el país se deforeste el área de 30 campos de fútbol al día y que el 65% de la madera que se utiliza en Colombia sea ilegal.

Desde la aparición del monitoreo satelital, en el año 2000, se han deforestado en 20 años 1.500.000 hectáreas, a un ritmo de 150 mil a 200 mil hectáreas por año.

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Los colombianos, con nuestro comportamiento, hemos maltratado a nuestros ríos, a los que utilizamos desde siempre esencialmente como alcantarillas arrojándoles toda suerte de desechos y basuras.

Y la mayor contaminación que llega a nuestros ríos proviene de las aguas servidas de las grandes ciudades. El ejemplo sobresaliente es el río Bogotá, el más contaminado del país. El 85% de las aguas residuales de los 8 millones de habitantes de la capital van todavía directamente al río sin ningún tratamiento.

En teoría, para lograr tratar la totalidad de las aguas residuales de la capital habrá que esperar hasta el 2028, cuando entre en funcionamiento la planta de tratamiento de Canoas, en Soacha, que está en construcción y será la más grande del país.

El resto de Colombia tiene una enorme deuda ambiental, pues menos de la mitad de los 1.100 municipios tienen plantas de tratamiento de sus aguas residuales, que finalmente terminan en los ríos.

Los colombianos nos hemos habituamos a registrar continuamente, y ya sin mayor preocupación, los desastres ambientales generados a nuestros ríos durante 55 años ininterrumpidos por los más de 3.800 atentados de las guerrillas de las FARC y del ELN contra los oleoductos, atentados que dolorosamente aún hoy persisten.

Este crimen ambiental, que se volvió permanente, es una especialidad vergonzosa y exclusiva de Colombia.

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También arrojamos a nuestros ríos desechos químicos como los ácidos sulfúrico y clorhídrico provenientes de los innumerables laboratorios de coca, los envenenamos con el plomo y el mercurio que utiliza la minería de oro, que representa el 60% de la minería ilegal del país.

Por cuenta de la pandemia, vendrá una presión inevitable sobre nuestros ríos para multiplicar las explotaciones ilegales a cielo abierto.

Los parques nacionales son quizás el tesoro ambiental más preciado del país. Hace 60 años se declaró el primer parque natural en Colombia, el de la Cueva de los Guacharos, en el Huila. Hoy hay 59 parques naturales más y las áreas naturales protegidas del país superan las 20 millones de hectáreas.

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En Colombia, como en el resto del mundo, las grandes ciudades enfrentan el creciente problema de la contaminación del aire. En el país unas 10 mil personas mueren al año por enfermedades producidas o agravadas por un aire enrarecido.

Los costos para el sistema de salud y las incapacidades laborales llegan a los 13 billones de pesos anuales. La contaminación del aire es seria en Bogotá, Medellín y Cali y en esas 3 ciudades los mayores contaminadores siguen siendo los camiones, buses y volquetas alimentados con diésel, muchos de ellos con 40 o 50 años encima.

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A ese veneno vehicular se agrega la polución industrial en las grandes ciudades.

El problema es más agudo en Medellín por estar en un valle rodeado de montañas, que limitan la salida y la circulación del aire.

Durante las cuarentenas impuestas por la pandemia en nuestras grandes urbes la calidad del aire mejoró notoriamente y aún tiene niveles de contaminación inferiores a los que se tenían antes de la pandemia.

Pero poco a poco, con más reaperturas, se teme que volveremos pronto a los niveles de contaminación previos al coronavirus.

Otro gran desafío ambiental a nivel mundial sigue siendo la disposición de las basuras.

En Colombia, en los últimos 15 años, esa disposición ha mejorado: en el 2005, el 88% de la basura terminaba en botaderos a cielo abierto y un 12% iba a los rellenos sanitarios. Hoy, el 93% va a dar a rellenos sanitarios y solo el 7% se sigue disponiendo en botaderos a cielo abierto.

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Pero, actualmente, la tercera parte de los rellenos sanitarios están en estado crítico, 15 de ellos tienen vencida su vida útil y 77 más estarán al tope en los próximos 3 años.

Además, los colombianos no hemos entendido todavía la importancia del reciclaje, pues solo el 8% de los hogares separa sus desechos, por lo que millones de toneladas de materiales aprovechables terminan enterrados saturando los rellenos sanitarios.

Es muy poco el material aprovechable que se separa. Si hubiera más, los procesos de reciclaje de plástico, cartón, vidrio y chatarra podrían doblar o triplicar su producción.

Los incendios forestales y las inundaciones sin control, que eran raros en el pasado, se volvieron comunes en nuestro país y en el mundo.

En Colombia a esos desastres naturales hay que añadirle la barbarie que nos ha llevado a ocupar el vergonzoso primer puesto en el asesinato de líderes ambientales en el mundo.

El año pasado fueron silenciados 64 de ellos.

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La responsabilidad de preservar la tierra es de cada quien a través de simples gestos cotidianos como consumir menos, montar en bicicleta, tomar duchas más cortas, separar las basuras en casa y apagar televisión, luces y ventilador cuando nadie está presente.

Nuestra especie podrá seguir su camino a través de los siglos solo si tenemos un lugar donde vivir. No hay otro, la Tierra es nuestra casa y de todos nosotros depende que no se nos caiga encima.

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