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¿Para dónde van los guaqueros?

Somondoco es una bella población del oriente boyacense. Allí surgió la historia dolorosa y violenta que llevan en su interior las esmeraldas. Desde antes de la llegada de los españoles los indígenas ya la explotaban y ellos fueron los primeros en sufrir las consecuencias de la ambición por la belleza de la gema. Hoy, cinco siglos después, su explotación sigue causando conflictos.

¿Para dónde van los guaqueros?

En los últimos días se han presentado enfrentamientos entre guaqueros y personal de seguridad de las empresas que actualmente, mediante un título minero, explotan las minas en Municipios como Coscuez, San Pablo de Borbur y Muzo.

La situación no es nueva y es compleja, según Karoll García, directora de Boyapaz, institución creada por la iglesia para apoyar y verificar los acuerdos de paz que dieron fin a la llamada guerra verde ocurrida hace 25 años.

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“Los guaqueros son herederos de esas costumbres ancestrales y no las quieren perder porque consideran que hace parte de sus usos y costumbres”, dice.

El problema es que la legislación vigente ha cambiado. El nuevo código minero ni siquiera menciona la palabra “guaquero”; además, existe una normativa ambiental que cambia por completo las reglas del juego y en el papel desconoce el trabajo de los guaqueros.

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Para entender mejor el problema debemos retroceder en el tiempo. En las décadas de los setenta y ochenta el gobierno concesionó la explotación del mineral a unos empresarios de la época. Era la época de los Molina, Carranza y otros líderes que dominaban el occidente boyacense. La explotación era más sencilla, pues la esmeralda se encontraba en la superficie, poderosos bulldozer raspaban la tierra y ellos recogían las piedras; el sobrante, llamado en esa época “tambre”, hoy estériles, era, en algunas ocasiones y no por todos los dueños, botado al río donde centenares de personas, a punta de pico y pala, buscaban una piedra que los sacara de pobres.

La situación hoy es distinta. Edwin Molina es uno de los herederos del imperio esmeraldero de la familia Molina y está al frente de la Asociación de Productores de Esmeraldas de Colombia (APRECOL). Es consciente del problema de los guaqueros, pero dice que están “amarrados” para solucionarlos porque están obligados a cumplir la ley, y la normatividad ambiental prohíbe que esos estériles sean dispuestos como se hacía antes, pues podrían perder sus títulos mineros, asegura.

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Sin embargo, señala que han buscado un acuerdo de voluntades para entregar parte de ese material a los guaqueros, pero a la final “puede ser peor el remedio que la enfermedad” porque genera unas expectativas que ya no son, ya que el material ha pasado por un proceso industrial y es poco lo que van a encontrar, nunca como en la época del bulldozer.

Para Molina la historia ha cambiado y los guaqueros se niegan a aceptarla. Además, el problema, sostiene, “va más allá de la suerte de una piedra que los saqué de pobres, la problemática es colectiva, de falta de oportunidades, de falta de salud, falta de vías para que saquen sus productos agrícolas, en últimas, asegura, falta una gran inversión por parte del Estado”.

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Una cita para hablar del futuro

Dentro de esos zares de las esmeraldas hubo uno que se diferenció de ese carácter agresivo y pendenciero que caracterizó a los líderes de la época. Don Víctor Quintero, quien fue un patriarca del oriente boyacense y para muchos el verdadero zar de las esmeraldas en Colombia.

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Se caracterizó por ser un hombre justo que en vida repartió gran parte de sus riquezas entre sus empleados porque pensaba en el bienestar colectivo de su gente. Aunque la paz fue una de sus grandes ambiciones le tocó padecer los rigores de la guerra. Su hijo Wilson Quintero heredó ese legado pacífico y tras su fallecimiento se ha dedicado a trabajar por la paz en la región.

Wilson fue el artífice del primer conversatorio Recuerdo y Paz Esmeraldero que se llevó a cabo el pasado fin de semana en la población de Somondoco. Allí se dieron cita líderes de varias asociaciones de esmeralderos de oriente y occidente de Boyacá, Cundinamarca y Bogotá. Por primera vez se lograba reunir a la gente de oriente y occidente, enfrascados en el pasado en peligrosos enfrentamientos, pero en esta ocasión se dieron cita para hablar de paz, integración y del futuro de esta actividad.

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Por la tarima pasaron líderes como Henry Candela, presidente de la Asociación de Mineros Artesanales de Piedras Blancas; Patricia Castillo, curtida lideresa que está al frente de una empresa de turismo en el occidente boyacense; Johana Parra, una emprendedora colombiana que se abre paso en Emiratos Árabes y busca replicar su experiencia con los mineros de la región, en fin… Durante dos días se “desahogaron”, como dice Wilson Quintero, y pudieron concluir que son más las cosas que los une que las que los separa, trazándose varias tareas para pensar en un futuro mejor.

Ellos son conscientes de que el recurso minero no es eterno y están pensando en diversificar sus actividades, saben que están parados en un suelo rico y fértil, cuentan con un clima maravilloso y una tierra generosa para los productos agrícolas, pero sobre todo con un potencial paisajístico que, bien organizados, los podría convertir en una potencia turística, esa es la ruta que se han trazado, afirma Wilson, y el norte es claro: solo hay que navegar hacia él.

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Sin embargo, las necesidades son apremiantes y la pobreza y la falta de oportunidades campean en la región; las mujeres que han cargado con el peso de la violencia y el desarraigo lo saben muy bien y piden más fuentes de empleo para ellas, afirma Ruby Sánchez, valiente minera de Coscuez.

Los empresarios aseguran que cumplen con su responsabilidad social en la región, pero se quejan de la ausencia del Estado.

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“No podemos cargar con todo el peso del desarrollo de las comunidades, hacemos lo que podemos, pero creemos que hace falta una comunicación más clara entre el gobierno, la comunidad y las empresas, pero sobre todo, una agresiva inversión en la región que acabe con tantas necesidades de la gente”, manifiesta Edwin Molina.

Guaqueros, empresarios, pequeños mineros, todos esperan que el próximo gobierno por fin gire su mirada a esta región bella pero olvidada desde siempre, cuenta Karoll García. Ellos harán lo que esté a su alcance para mantener la paz, pero el gobierno debe hace su parte para evitar otra guerra verde.

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